En su mente había una
confusión. Ella solo podía señalar a su defensa lo intrigante de la trama de la
novela de la tarde, a la cual, sus secos labios no le escondían ningún detalle a
los oídos de mi sobrino, quien exigía explicación más allá de la que ofrecía la
pauta televisiva. Su hermana Laura le palmoteaba la espalda, como recalcándole
que aquella saliva debía de ser recibida sin protestar. Hasta que, a su debido
minuto, éste se dio cuenta de que perdía el tiempo fraguando interrogatorios,
resolviendo así una búsqueda inmediata.
-
¿Cómo dices que era?
– preguntó Laura.
-
Lo sabes bien. Estuviste
para cuando la abuela me la regaló, cuando llegué a esta casa, hace un par de
horas – mencionó Claudio.
Levantando la casa por
completo, se arrojaron a los distintos rincones posibles, sin lograr el éxito
del encuentro. Todo se volvía desorden y ruido dentro de los salones, provocando que la
anciana, atornillada a la silla, subiera el volumen de su compañero. Los gritos de
los actores rebotaban en las murallas y espejos, y Claudio no pudo evitar
dirigirse al comedor después de esto, algo inquieto.
-
Abuela, por favor,
haga memoria. ¿recuerda dónde la dejó?
-
¿Dónde dejé qué?
-
Pero si hablamos de
esto recién.
-
¿Qué hablamos? Ah,
sí… y Juana espera a Fernando para casarse, pero su mamá odia a Fernando.
-
Abuelita, ¡tú misma
me la diste!
-
No te he dado nada.
-
Mmm… esto está mal.
Pensando, el muchacho se
quedó. Algo sospechaba ya, meses atrás. Y se puso triste, y Laura lo observaba.
La búsqueda finalizó abruptamente. Con la mirada en las tablas del suelo,
concluyeron que la billetera extraviada se quedaría porque, mientras el oscuro
secreto de su paradero cubría notoria importancia, sucedió que, de manera
invisible, los colores de los recuerdos de la cana señora, amante de teleseries
antes del té, se tornaban más intensos en las fotos de la pared, dejando ya su
legado antes de que el guión del culebrón instale, ennegrecido, al corriente de
todo, FIN.