Donde el encuentro y la casualidad chocan, felices, para vivir un nuevo acontecer

Ramírez.

Los pormenores no le fueron detallados, y terminó siendo excluido como el más agrio de los vegetales. Mientras una gorda y prognata  mujer lograba muñir a los oficinistas éste fue castigado, ni más ni menos, con el poder del silencio. Lo intrigante: se trataba de un brindis el cual Ramírez podía recortar y pegar en cualquier parte, ya que él era el que sacaba la foto de ese choque de copas, el que se mantenía al margen del marco y era saludado como el fotógrafo trabajador, mirado por obligación por los otros, como rebuscando en los párpados de aquel apagado hombre el precio del revelado.

Llegó puntual a la reunión. Fue uno de los pocos que se preocupó de entregarle al portero la cartilla que anunciaba su invitación al encuentro. Su reloj aspiró el aroma de su perfume más caro, alguna vez regalado, cosa que nadie sabía ni como graciosa anécdota.

En la empresa, con su caminar tímido y perfilado, alistándose dentro del horario, había comenzado a trabajar temprano. La jornada había sido complicada. Un archivero que insinuaba ser infinito adornó de mala gana su escritorio. Pero la salutación fue muy fría por parte suya. Tenía muy en claro de que no era alguien muy alegre o conversador, aunque eso no justificaba ni pavimentaba ninguna conclusión. Se trataba de una mañana de aquellas, como detallaba el registro de su pensar, nuevamente, sin ser amigo de alguien. Tenía muy en cuenta de que su departamento gozaba de claraboyas, y él eligió el color de las paredes, ningún empleado se jactaba de tanta comodidad y respaldo a su gestión. Su sillón de jefe se justificaba, clásicamente, con los diplomas colgados, atorando el simbólico paso del aire en libertad, ya sea de dinamismo o espontaneidad, propia de un prohombre.

A pesar de todo, su vida no cuajaba con la rutina craneal de un gerente. Ramírez coqueteaba entre la miseria y la oscuridad, abrazando hombros dementes a la llegada a su hogar. Habitaciones grandes, y él tan pequeño.

Y volviendo al brindis, cuya champaña sí era amarga, se le anudó con una perfección poco saludable el triángulo de la corbata, sintiéndose fatigado de pronto. Con la mirada nublada, abandonó el centro, dirigiéndose a su casa.

Al día siguiente, notó que fue la primera vez que llegó tarde. Pasivo, contempló a sus compañeros, esperando saber quién había sido el que derramó algo más que alcohol a su vaso. Y su fragilidad respondía que podía ser cualquiera, sin excepciones. Su seriedad resultaba ser a prueba de bromas y chistes. Se sentó luego en su despacho, y bajo el computador encontró una nota, inexplicablemente ahí, ya que solo él tenía las llaves. Sin titubeos la abrió, desparramando así su contenido. Aparecía en ella, “eres el profesional extraño, de costumbres ensimismadas, con una vida interesante. Te envidio en cierto aspecto, aunque hay un detalle: en mi pequeña carrera aquí, jamás me lo había propuesto, e imitaré a mi admirador. Seremos iguales, ya lo verás”. Salió corriendo, y sin mirarse siquiera al espejo, creyéndose conocer, cayó de asombro al comprobar diferencias: todos estaban laborando, nadie hablaba, y nadie notó que éste había ingresado, tumbando alguna señal de saludo. Huraños, ermitaños, extremadanamente herméticos. Después de esto, recaló al asiento de su oficina, encerrándose, y se puso a pensar, como era de costumbre, ahora con algo más concreto en la cabeza.

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