Mostraste tu cuerpo y rostro frente a mí, regalándome, y
regalándole al círculo de conversación, una de tus tantas ocurrencias
calurosas, las mismas que se hacen por cortesía, para agradar y hacer cuajar
las ideas de otras y variadas intromisiones simpáticas. Nada mal, ya que derivó
a que se produjera libertad para confiarte una artillería de risas actorales o
risueñas. Luego recibimos el llamado de la junta y nos fuimos… animadamente,
caminando.
Durante el paseo concluimos dentro de todo, que lo mejor
era cruzar la puerta principal, dejando así que no se atochara, en una paralela
esquina de nuestro rincón de estudio, la vía de salida usada por emergencia.
Recuerdo que nos acercábamos a ella, y pusiste tu mano izquierda en el
picaporte. Un muestreo de tus dientes alineados diste, un tanto gastados por el
cigarro eso sí. Yo, postergado, simulando homogeneidad al grupo, no reculaba y debía
de seguir hasta nuestro lugar, a las entrañas de la sala de recepción.
Vigilaba tu forma de trabajar, la cual me sacaba de
quicio. Suponías, a cuánto tiempo ya de ocupar tu silla, que debías de archivar
un expediente donde no había formulario alguno, y enviárselo a alguien
despedido hacia ya un mes. Pero tu inoperante actuar se contrarrestaba con tu
hablar, a estas instancias, gatillado por el divertimento. Sin duda el escudo
perfecto, que ocultaba tu ignorancia aunque no tus músculos de superación.
Rojas iras se dibujaron en la frente del jefe, y créeme,
si pudiera haber abierto el cielo con sus manos, buscando una explicación
contundente, lo habrías visto. Se encontró ahí con que tu maleta repletaba ya tu escritorio recién habilitado, y con esto te encontrabas inserto en el
laborioso mundo, su mundo además. Él pensó en ese momento en una objeción
olvidada: capacitación.
Transando a lo que comentó el patrón, fue como llegué a
conocerte a fondo, haciendo hincapié en tus orígenes, después de que ingresarás
a mi despacho. Maquinabas una excavadora antes de presentarte aquí, y una
reducción de personal terminó por eyectarte hasta mi oficina. Verdaderamente,
eras nuevo en estas lides, y tu famosa habilidad parlanchina aquí, conmigo, no
pudo salvaguardarte. Algo que se queda en mi mente en retención: no fuiste de
mi agrado. Trataste de buscarme un lado positivo, como si fuera una pila, y te
topaste con mi faceta más rigurosa.
Al término de la entrevista, ya cuando todo se me fue
develado, nos hicimos presentes en el salón de nuestro superior en funciones,
Rigoberto Ariezo. Se agolparon los curiosos (tus amigos). Dependía de mi veredicto
tu estadía y tu solidez en tus futuros proyectos. A pesar de todo, abogué por
ti, es cierto. Y la oportunidad tuvo tu nombre, nuevamente quizás.
Te prestaste a terminar mi discurso, y no fue tan
aislado tu “no se preocupe, señor, la próxima vez lo haré mejor”. Íbamos bien,
de hecho, me refugié en la ventana con vista a un edificio en construcción,
pero mi oreja desvió su andar y dijiste una de tus muchas humoradas, y ahí mi
detector visual pudo evidenciar de que tenías una sonrisa extraña, una triste y
caída, bastante traumática. No hallaba explicación a eso, y era tarde para
haberlo pauteado como pregunta.
A esas alturas, ya no era una llama ardiente, sino un
odio intenso el que sentía por ti. No obstante, había lástima por tu manchada
cara. No miento, detesto tus nefastos chistes, rebuscados para no crear tiempo
muerto, para poder seguir siendo el intelectual navegante de ideas, pero tus aislados gestos hacen que dude hasta de mis pensamientos inmóviles. Solo recuerda
que te tengo vigilado José, ten en cuenta eso, y averiguaré tu verdad, lo juro.