Mientras los llantos explotaban me tocó resumirte en un
nombre, para más tarde dejar mi tintero azul deslizar debutante hacia esos
archivos de estela suave. Se observó, hacia los pasillos, un río que golpeaba
sonoramente a unas piedras, que solo por su órdago fluido lo situaba frágil. Eran
los últimos pasos, tensiones comunes, naturales, pensé. Ante eso, seguimos, sin
vacilar nervioso.
Al poco suspirar vi tu cuerpo tierno, pequeño, protegido
por un esmalte innato, ínclito. Dilatabas tu ser cuando nuestros pálpitos
calaban vehementes. De pronto, ya pude imaginar el reglero donde escribiría a
futuro esta singular testimonial.
Garante de esperanza al horizonte, luego te arrimaban hacia la aislación y la seguridad que el cobijo actual
brindaba. Ahí descuidé todo y dibujé el tiempo venidero: sudor, esfuerzo,
supervivencia a los naufragios, corresponder el calor, escalar lo adverso o
pilotear en milicias, en instituciones, en dichos superiores. Pero antes de
salir a la recepción, de divulgar tu sonrisa, me calmó el músculo el verte
vivir en los brazos de Isabel.