Donde el encuentro y la casualidad chocan, felices, para vivir un nuevo acontecer

Con pájaros en la azotea.


Ya no estaban listos para asistir a la hora pauteada. Mamá hablaba sobradamente por el teléfono, no sabiendo de la existencia del tiempo, mientras papá se impresionaba del brinco que dio un botón de su camisa. Melissa, la hija mayor, exclamaba enfado por no tener un peinado a su gusto y, por otros rincones, Fabiola correteaba de un lado a otro porque, a sus cuatro años y en medio de confusión, ¿qué más haría? Luces encendidas por motivos despreocupados, como si estuvieran alardeando de sus arcas, o gritos que viajaban por los pasillos, de eso se trataba la bienvenida de la noche.

El motivo del desorden era ocasionado por el matrimonio de un viejo compadre. Emmanuel resultaba ser alguien ya introducido en la selva hormonal madura, aunque su cuerpo ya no quería más casería afortunada. Sus sentidos rogaban estabilidad, dentro de lo posible, con el amparo del querer cortés de una época lejana, dispersa en el recuerdo. Y con la suerte propia de este hombre, consiguió a la mujer idónea para reabrir esa holgada chaqueta de galantería innata suya.

En aquel globo de la histeria, suena la blackberry del titular de la casa. “Vaya, no puede ser. Se rompe la tradición de esta forma. Debemos irnos ya”, menciona, en el momento justo cuando mamá hace su ingreso a la recamara y es informada de la frescura del twitter de su marido. Esta mastica la noticia y remata diciendo “con mayor razón Iván, debemos partir. No en todos los casorios la mujer llega primero a la iglesia”. Así, con ese paraguas, corrieron hasta la camioneta, rogando por ser receptores de las primeras palabras del sacerdote. Mientras el portón se abría automático, algo esperaba bajo las pieles de los arbustos, preparándose para deshacer su mutada imagen con el ancho patio.

Dos diminutos seres se desprenden desde el suelo, desde su escondite polarizado. Ya saborean el estofado que encontrarían si el trabajo deriva en éxito. Sus cabezas se arrancan de la comodidad para, nuevamente, fraccionar las ideas allí amarradas, su plan calculado hasta el desborde era sinónimo de factura alegre. Sin necesidad de besar sus pies, se arrimaron al techo de la casa, tratando de aterrizar como arañas, sin descuidar a los protegidos cañones principales, sin tildar la atención de guardias y vecinos, demostrando esta vez no ser novatos en el oficio.

Una vez inmersos en el ombligo de la parcela, ya sentían el cosquilleo de las dramaturgias futuras: ellos mismos flotando dentro de las postales silenciosas del planeta, camuflados en el gobierno engorroso del dinero. Jarrones o pinturas, por cuáles empezar. Las venas se les apuntalaban vivaces, pero el tiempo no era arena infinita.  En paralelo pensaban, de esta forma, “atrás quedan nuestras experiencias con piolet, aunque igual debemos de elevar lo más valioso al cielo.”

Recorriendo los pasajes, abriendo abismos, palpando el botín. Todo el frío consumido en la oscuridad, esperando la señal invisible de los propietarios, tenía el sentido y el sabor medido.

Ya habían acumulado todo lo que sus plumas podían asumir, pensando que la bandada estaría contenta en un encuentro próximo. Pero no contaban con un detalle, uno proporcional a su masacre laboriosa: escondido entre el patio, una puerta que insinuaba «no entrar» fue obviada, vulnerada. A la sorpresa de ambos, en su interior una boa constrictor dijo presente, y con su lengua ágil, debió haberles dicho que era el paladín del sector. Los asaltantes, rompiendo los códigos de seguridad del hogar, huyeron con tan solo ver su tamaño. Y fue el momento adecuado del jardinero somnoliento, cuidador en caso de ausencia de los patrones, para que diera un salto, simulando estar atento a lo ocurrido, escuchando gritos y aleteos varios. El florista solo cerró la puerta, la cadena de la serpiente, y se hizo con el teléfono, entregando datos a una prefectura cercana.

De los malosos, nada más se supo. No obstante, ganas de hincar nuevamente la madera de esa parcela ya no deben quedar, eso ya es hecho puntual.

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