En mi interior, debajo de mi sudor, mi alma gritaba por
templanza. Podía verme en tercera persona, cual desdoblamiento, con mis ojos
irritados, rojizos. Podía sentir la caída, la fatiga de mis emociones, ese
deseo de ser tomado en sábanas y llevado al templo, cuando suspiraba por todos
los alientos reinantes. Estábamos tu y yo dentro de un pub, a considerable distancia, en medio de canciones de efecto
tobogán. Traías el cabello largo, suelto, ondulado en las puntas. Pedías la
ayuda de tus amigos para sujetar tu bufanda, mientras tu escote respondió con
el sutil aroma de una caricia femenina. Cruzabas más tarde las mesas en busca
del baño y regresaste por tu bolso, ahí descubrí que no podías alejarte de tu
identidad. Retomaste el andar con esas botas altas. Te hacías paso, y un
volátil zorro con dedos silentes supo tocarte sin dejar evidencia clara,
oliendo con nariz de violador los rumores de tu espalda. Yo a esa hora ya veía
como el viernes se arrancaba de mi cabeza, trayendo así la paz momentánea de un
descanso, en cada estallido de las tapas de las cervezas.
“Hola… disculpa, ¿tienes cigarros?”, y como si hubiera estado en las nubes, me aterrizaste. Me extrañé verte montada a mi lado, si te vigilaba sin vacilar. “Tengo aquí cigarros”, mencioné, y cogí los que estaban en la mesa, los de un amigo. Él me miró con cara de ganador, con esa cara que pone siempre cuando hay victoria en sus apuestas siniestras. Esa mirada, finalmente, se convirtió en la firmeza pulcra que sostuvo el metal de mi cinturón.
Pronto nos despegamos de las personas, aislándolos dulces por los laberintos del local. Nuestras manos surcaban los ambientes, salteaban los estados, entre carteras y mochilas uno se producía el camino. En tanto, el calor subía, las bebidas se extinguían, el humo causaba risa y la gente empezaba a soñar.
Bajamos unas escaleras, guiados por una luminaria en altura. Creía que esa mujer sí me haría desconocer aquel viernes crudo, confiaba en sus secretos coquetos. Buscamos un pedazo de oscuridad, a un costado del rincón donde reposaban los pañuelos de los guardias. Un sexy cuadrado, un retazo de olvido en el espacio de unos escalones sonoros, una orilla íntima con colmillos botados en el suelo. ¿Sería que fumar ahí podría hincar la idea de una noche activa?
Si bien mis aspiraciones se disparaban, nunca esperé un balazo hiriente. En el momento que íbamos animados, con los labios húmedos, descubrí que había otro más adentro, esperando cierto resquicio de gozo. Yo ahí… o instalaba bien la escenografía, o salía corriendo, algo desgarrado, exponiéndome al mundo. Ante eso, solo el sexo terminó por apagar el abismo.
Y mi cuerpo se descarnaba, se estiraban mis venas, se extremaban mis tensores, mis oídos sangraban por los gemidos de ellos. Veía todo como si ella fuera una ludópata ágil. Mis ramas se quebraban, mis dioses me abandonaban, y debió haberlo notado, porque me ofreció marihuana, algo que debía aceptar. A mi agonía, a mis súplicas, a la mirada de aquel joven y de la muchacha maldita, sentí arrodillarme en la arena. Empiezo a aullar, mis alaridos de grandeza me hacen héroe el final del viaje. Tus piernas ronroneaban, tu cintura era región de deseo, tu pelo ondulado se debatía turista entre tus pechos y mi frente. Explorabas mis brazos, nadabas en mi excitación descalibrada, en mi erotismo horizontal. Minutos largos jugueteando con el fuego, de combatir en los relieves carnales, así pronto acaba este carrusel. En un tono elevado subiste el cierre de mi pantalón, terminando así el acto de esencias. Sinónimo de tu sonrisa esta vez, me quedaste mirando y me dijiste “oye, esto es solo… el rito”.