Un empujón vivaz hizo que
mi padre muriera en el azar de una bala con olor a población, y yo no hice nada
porque a mí me estaban arrancando de los bordes uterinos. En ese instante el soplo
de urgencia pública en un hospital se coló en los oídos de una mujer y ella
lloraba hasta quedarse sin aire. Cuenta mi hermana, testigo de todo, que me
apartaron de esa mujer y me vistieron, y a la hora en que su regazo expelía
calor maternal supe que mi nacimiento era ocasión de reflexión con alegría
forzada. Confío que ese hombre amó a mi madre, tanto como para brillar silente
en un nefasto plan de deuda callejera.
Desde la inconsciencia que
resumo mis noches con calcetas de deportista, en coloquios de corridas con
metas abstractas. Supongo que así es la vida.
Veía mis piernas más
acostumbradas a estos pasos con el transcurso de los metros. Me cantaron
palabras y dibujos, con recortes y alicientes naturales como orquesta. No
recuerdo el centímetro justo de cuando pasó, pero me vistieron de colegial y se
me anudó el uniforme al cuerpo por toda una temporada juvenil.
Desde la amoralidad que
hablo de galopar por distancias tan extensas que la humanidad no divisa
siquiera cuál es el final del viaje.
Como si ya estuviera
normado me saqué la cotona y la corbata de estudiante, dejándome el pelo largo.
Ahí mis zapatillas hablaron. Fue mi real conjugación de trabajo y equipaje de
aprendiz porque la universidad me abría una vidriera y entre tiempos vacilantes
dinero debía generar. A malabares se proyectaba la filosofía indescifrable que
los profesores desenredaban en sus pizarras y con delgadez afronté ese favor
que uno se hace al educarse.
Lophophora me seguía de
cerca en esos trotes. Su contoneo se extremó y llamó mi curiosidad invadida de
sirenas. Ahora no tan solo usaba mis pies, ahora podía volar y aseguro que el
descubrir esta nueva habilidad me ayudó a poder elevarme más en el transcurso
del recorrido luego de que dos manos dejaran de posar sobre mi espalda. Con
drogas en los bolsillos, erradiqué a los psicólogos y los naipes se reordenaron.
En cuadros mi madre partía al otro mundo mientras yo usaba mis sentidos como un
juguete.
Paralelamente completaba
los minutos en algo pasional. Las llamas monstruosas no atormentaron a mi
aliento de servicio. Rescaté con mi cuerpo de bombero a muchas personas, lo
confieso. Las venas dejaron de ser sensibles a los termómetros pero mi corazón
cumplía ese sueño de héroe. Tres años ahí, aprendiendo lo que un hombre
desafortunado no alcanzó a resumirme en el momento que, desde las alturas de
los consejos, se divisan a mamá y a papá. Destacarte un incendio en particular,
¿quién crees que soy?
Entendí más tarde que volar
me cansaba, me robaba las fuerzas. Dejar lo sobrenatural tocando así la tierra
firme, yo me sentí caminando sobre una tabla. Creí que caería pero también
pesaba lo grave que sería seguir masticando lo ilegal. En neblina,
sorprendiéndome con creces, una chica amable me mostró su idea bañada en
novedad, ilustrándome el futuro con dedos de confianza y voz de cuartel: que
debía cumplir la meta, que emprendíamos un proyecto pionero y que, en la
travesía, lo pasaríamos bien. Así por diez años conversé con las cuerdas
vocales de un adulto tedioso y distendido, ganando cheques canjeables a favor de
un bienestar perpetuo y sano.
En pasantía empresarial
choqué con el amor, y fue eso algo pasajero, sin muchos detalles que quisiera
recordar. Destaco más a mis amigos en esta fase.
Entonces estamos solos,
alma mía, los amigos trabajan y ya saludé a todos mis conocidos en algún punto
de la ruta. Aquí podría contarte que a veces llovía y complicaba incluso el acelerarse
para encontrar refugio y ya, casi al término, comprendí que los arcoíris se
arman una vez pasada la tempestad. En plenitud con el sol respiro los frutos de
mi nombre y descubro la fatiga rápida en este maratón. Los ánimos se desnutren
y se me desploma la piel. Los ojos de los demás son tan hermosos, en verdad. Te
suelto ya las rodillas y le entrego mi sudor al cemento. ¿Lo ves? Muero a corta
edad, sin protestar, y lo sabe el mundo, aunque sigo corriendo y asombra que
mis camaradas me carguen animosos, hasta donde yo sé, a un paraje donde mis
huellas serán más livianas, hacia otras calles, donde el poeta de los epitafios
enmarca noble “besando las flores de su silueta, mientras corría, fue sembrador
en los espacios incompetentes de los relojes estrictos de la vida. Descansa en
paz.”