Donde el encuentro y la casualidad chocan, felices, para vivir un nuevo acontecer

Un mundo color Da Vinci.



Por encima de la aureola de la estatua corrían luces sin atropello, todas de un corazón sonriente. Abajo, en la vida, caramelos aplaudiendo al artista feliz. A un costado una dama llorando poesía junto a dos gatos que se acompañaban tomando leche. Malabares, deseos y hasta un mono soplando un remolino se alistaban. Mucha gente, y aún así no se caía la plaza. Cerca de la emoción de una pileta y vestida en madera, estaba la mecánica impecable calentando palomitas de maíz. Es 1840 dicen los labios rojos de tanto brillo, pero también es Robert, saltando de emoción por aquella mecánica. Y es en estas piedras donde se empieza a escribir el relato.

Robert soñaba en demasía jugueteando con una masa que solo el poder entendía. Al polvo, un manuscrito cuenta que una caja musical le coqueteó mientras una manivela inundaba sus oídos con chorros de Frère Jacques. Esos dientes chocando vértebras de metal, afinadas y dramáticas, amortiguaban en esponjas los sueños de un niño. Descubrió así la tentación de silbarle a lo épico: a Roma y a su Coliseo, a Grecia y sus órdenes, a China y su Gran Muralla. Con una boina que lo lucía ergotista pronto se convirtió en un profeta callejero, en el mayordomo de los aires venideros. El colegio, como a todos los demás, le parecía un lugar normal aunque, en la oscuridad era donde ubicaba su alegría infante, al lado de los meridianos del planeta. El muchacho de forma rebelde terminaba al amanecer siempre, pareando sus ideas con los cartuchos de la era industrial.

Las barbas de las alturas recibían el humo del carnaval ardiente, en la amplia rotonda. Una señora con pasteles se alzó en la historia. Una armonía envuelta en un canal y la estatua se volvía más amarilla a costumbre francesa. Robert con sus grandes manos anhelaba separar a los pueblerinos del artilugio para tener una charla con el secreto de su fuego. Veía cómo se alumbraban esas crujientes ánimas. Blancas, explosivas, ellas cabalgaban en nacimiento y emergían de un amplio pasillo, deslizándose libre por el atajo de azúcares y estacionando luego su cuerpo en alguna región de alguna compañera, en una bolsita de humildad. En tanto, por otros espacios aislados, había una mujer que colgaba la ropa y una de sus hijas juró ver un ratoncito entre las galas de un callejón, pero nada importaba. Aquí era infeliz solo el pobre del alma porque… viajaron los laureados roedores a través de surcos rumoreados y se hicieron de un banquillo oculto en las fauces de la rúa. ¿Alguien haría algo contra eso? ¿Había alguien que no gozara de los placeres estrellados? ¿Había alguien que no tuviera en su rostro una medialuna? ¿Había alguien?

Con el paraguas de los aplausos colectivos, dejando todo atrás, nuestro pequeño amigo se marchó a su destellante habitación a ofrecer su práctica a los planos que ilustró inspirado en el horno maderero. A su paso la noche lo cubría. Entre cálculos y grafito se volcaron tuercas con memoria y cadenas diablas. Buceó en todos los mensajes de un relato hecho sangre, porque así miraban los obreros el horizonte y Robert lo sabía. Sin embrago, en hipnosis estaba por los avances y el descubrimiento. Recogió con guantes la vida de muchos y transó más de un bostezo con tal de invocar más centímetros a su flamante talento imaginativo. Su quijada crecía abundante mientras un tumor lleno de ambición alargaba sus ojos. Ya luego se entrometían engranajes puros. Imaginó que funcionaría, imaginó que sería dueño de su propio relámpago. Con presteza despedazó un arcoíris, abotonándose de este modo a la egocéntrica innovación en su cintura de niño. Con lentes racionó combustible en los bolsillos de un armatoste gigante, tan grande que lo superaba a él solo si este se decidiera sacarse los botines que usaba. Aumentaban los nervios. Y cuando creyó estar listo, cuando de verdad creyó estar listo, inició la autómata aventura de realizar una puesta en marcha, robándole la inactividad para así reír triunfado, pero nada supo reaccionar, y los hilos se tensaron en las manos del genio. Todo en vano, un montón de chatarra bien equilibrada, bien adornada, qué lamentable, aunque… de pronto, se empezó a mover. Vibraba, se le retorcían las cadenas, el aceite lubricado se le subía al metal. Tiritaba completo y Robert solo miraba, sin saber qué mover, confiado ya en que caía desde lo alto junto a su esfuerzo. Mientras las nubes veía, por el solo miedo al fracaso cerró su vista y resguardó sus anteojos a tiempo de la explosión. Una idea completa, con miembros arrancando golilla a golilla. Batallando entre el polvo aireado, Robert notó que nada quedó de aquel sudor y miró con diferenciada óptica lo increíble: una pequeña semilla plantada en un recipiente ferroso. A su asombro, convocado a su naturalidad, el muchacho ahí supo que tenía un nuevo y mejor hallazgo porque,  rompiendo el vidrio alabado del futuro, ahora él halló en la tierra esa belleza de un buen sorbo, eso que nunca los aparatos le supieron dar, y que en fiel piel siempre buscó hasta la avaricia.

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