«Valparaíso, mayo del día 16 de 1852. Francisco D’Petit Altamirano,
acusado del deceso de cuatro hombres en las cercanías de la Hostería Central de
Linares, será ejecutado a las tres y media de la tarde en la plaza pública. Su
madre y familiares se harán del cuerpo. La razón se ha tomado producto de la
brutal evidencia de muerte que muestran los cadáveres.» Reseña actual del periódico
El Mercurio, y Manuel Dominguez sabía que el matutino estaba equivocado. Como
abogado, destapar el mal coagular que haría el Gobierno sería de plena
obligación, y recordó que en el Hospital del Maule había un ciego desahuciado,
clave en el puzle. En marcha puso a su caballo y a su carreta, corriendo ya.
Un hospital casi ya en regular situación, luego de albergar
a unos cuantos chilenos por un terremoto en tiempos anteriores. Su credencial
de servicio a la patria le sirvió como acceso a Dominguez al interior del blanco
estandarte. De acuerdo a investigaciones previas, a contrapresión, buscaba a un
hombre llamado Jorge Ugarte, un sujeto con un mal estomacal, dada su pasión al
vino. De avanzada edad, sus dichos debían ser inscritos en un libro y su
resumen en un exergo. Movía su mandíbula con dificultad pero el letrado debía
afinar el oído y crear con esas palabras un manifiesto. Ugarte y sus pocos
dientes hablaron.
“Yo vi que Francisco retaba a esos hombres, le debían
dinero. Usted sabe… él es de los malos, me pagó para silenciarme porque de
todos modos sabía que lo culparían. Usted busca a un tal Molina, pero ese futre
ya está bajo tierra, oiga.
Yo vivía en la Hostería, sano. Altamirano, como amenaza,
me arrancó la vista con su cuchillo y la echó al río. Con el dinero del
silencio le pagué a una enfermera para… mire, aquí está la prueba… se lo
regalo, le regalo mi ojo.
Ellos antes de morir firmaron un pacto. Decían que iban
a instalar textiles en el pueblo y borrarían del mapa a Francisco. Ese papel
debe tenerlo Mirina, la mucama. Búsquela, ella debe saber más”.
El defensor estaba lacerado con los dichos. Detuvo su
pluma escritora y quedó mirando al hombre, y éste dio su última vocería.
“Dominguez… yo a usted lo conozco… sé que el padre de
Altamirano le quitó la fortuna a su padre. Si yo fuera usted, dejaría así el
caso, por venganza”.
Ignorando por completo eso como punto final el letrado
nuevamente puso en marcha su caballo y su carreta, corriendo ya.
En el lugar de los hechos, a meses de lo ocurrido, ahí
estaba Mirina trabajando. La citó y ella cayó en miedo. Si figura como postal
secreta en los arrabales es que aún debe tener el libelo. Y en efecto, ella se
los entregó con un seco “no sabe lo que hace, pero yo ya no me voy a ensuciar
las manos.” Con o sin mohatra, él debía continuar.
Luego de que se derritiera la imagen de esa fea mujer, de
camino por el polvo y las piedras por encima de la carreta un pensamiento fugaz
se alojó en su cerebro adoctrinado. Archivaba un expediente dispuesto a librar
a alguien, a un sujeto déspota, pero inocente. A su alrededor las boticas y los
mercados estaban plagados de vacio penetrado, porque un espectáculo era
sinónimo el asesinato de un hombre. El despojo de Altamirano no debía de ser
recibido por la familia, no lo merece, más si fue por sentencia arbitraria en
un estúpido tribunal. Ya lo imaginaba: un juez conveniente en un insacular de
incomprensión, mientras aplaudían la ignorancia.
La mesurada abogacía chilena ha hablado y los minutos se
sirven cada vez más breves. Lo que importa es que Dominguez le sacará la muerte
a Altamirano… por un momento, porque esa carreta aún sigue corriendo y su
caballo y su notaría es todavía fiel a las siempre ambiciones de un legado.