Donde el encuentro y la casualidad chocan, felices, para vivir un nuevo acontecer

Chelín y la carta encumbrada.



Verdad era que estaba lloviendo. Verdad era que hacía bien su trabajo de cartero. Chelín tenía la boina empapada y todavía inspiraba con energías a pesar de comer moscas. Su jefe deberá creerle que, cuando iba a entregar correspondencia, una ráfaga le dio alas a un sobre y este, al pasar los segundos y por los llantos del cielo, se diseminó por las calles. La sábana de las letras se negaba a morir eso sí, dando chance a que el niño mensajero leyera inocente una historia hornada.

«Amado Hugo:
He recorrido todas las postales de Buenos Aires con tal de posar mis labios sobre tu pecho  y ya no me quedan estampillas a la sombra del alba. He rociado ya los girasoles con mermelada de maní para que una ciudad entera me ayude a amar. Te extraño, tanto como el secreto aroma de tu anillo y el cariño prometido un jueves, a las orillas de un mundo dormido. No hagas como el traicionero de antaño, y vuelve: mis compases se tornan ciegos sin ti.
Sofía.»

Chelín, con chubascos en su rostro, se prestó a la banca de la plaza mirando a su lado a una mujer con un paraguas global. Esos  dedos de repartidor hacían oro del papel y los cordones de su hombría eran rebeldes larguiruchos viejos. Se declaraba incompetente ante lo desconocido. Teniendo el horizonte como muestrario buscó sincronía con la mujer del paraguas, y le comentó que se sentía mal por destruir un sueño en depósito. “Joven, no dejes que naveguen los sueños por el umbral. Si quieres, puedes cambiar el final.”

Con la visera de su gorra en la vista del raudal, a los rincones de la calzada, el muchacho le hizo una tregua al momento y este respondió con un arcoíris en las alturas, símbolo de alianza. Pronto, motivado por la misión del relato, unificó las puntas de la misiva, mojándolas con el humor de las ventanas abiertas, elevando el mensaje al cielo, empinándose sobre la cresta de ese deseo femenino, jubiloso, con un anhelo aguardando respirar.

Y así, en avión se saludaban las letras, gracias a Chelín. Iban juntitas, iban sujetándose sus calzones en reglones. Miraban la periferia cantando aterrizaje, alegres por el asombro de una nube original. Las que podían abrazaban el contorno de una hoja mientras las más grandes secaban sus vestidos con el soplar diario. Rayos y plumas pareciera guiar su trayecto y las estrellas, con pañuelos de mayordomos, alentaba educación al dar la bienvenida y les señalaba el futuro danzando en la leche de la luna. Instantes en que la voz mascullaba insípida una crema les cepillaba el ánimo, cada vez que desmigajaban el calendario. Volaron y volaron, siendo fogatas en sus ombligos, por la gota naufraga de una lágrima, durante treinta años, por alabados tiempos fuera de cronograma, y aún se sentían jóvenes recién lustradas. Hasta que una barraca les hizo vomitar una turbulencia, propia de un periplo como este, encontrándose con otra nave, de aerolínea alta, con un mensaje claro:

«Sofía mía:
Perdido estoy. Me desayuno en un monte empinado adverso, tratando de aplastar al panal de la rutina. Una desgracia cayó a mí, como epidemia y tuve que errar en un tren dejando mi piel en esa ciudad de luces. En mi cama resuenan tus pies de nieve, aligerados cuando tu informe ya no te escondía. Quiero que sepas que puedes llamarme, que estoy en oficina, que con mi padre nos mudamos por un capricho. Explícale al guardia de mi prisión que mi destino era acampar en tu vientre, explícale a mi vigía que llevas el otro pedazo de mi huella y además… explícale al sistema que yo te amo.
Totalmente íntegro, Hugo.»




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