Donde el encuentro y la casualidad chocan, felices, para vivir un nuevo acontecer

Golpe de Estado.



“Se consume el recuerdo malo, la historia la escribimos nosotros”, “la salvación ha llegado y hoy le sirve a la patria.” ¿Cuál será el titular de mañana? Es imposible imaginarlo, incluso en pesadillas.

Dos pasos al frente me detuve, mirando la calle grande mientras a mi espalda el acceso principal del Palacio de la Moneda custodiaba. Era un infiltrado con una mancha militar en el cuerpo. Amanecía la capital con un telefonazo a la jefatura: Valparaíso ya estaba al fondo de una botella. Supo entonces Allende que le sería difícil librarse esta vez y que contaba con un Ejército desconectado. Lo claro para mí, ese 11 de septiembre: librar a los jóvenes del futuro porque su carne sería besada por el cemento más tarde.

Al fuego cruzado en las calles, al complot armado secreto, al cuestionario en subversión, se sumó ese gotario del tiempo, un tanto asustado, que se resiste a despachar veloces los minutos. Hay francotiradores en buenos puntos, de verdad Pinochet es un gran estratega. Entre tanquetas y Carabineros se ordena esto como un terreno agreste para sembrar, donde su presidente le da un combo al escudo uniformado al rechazar el exilio, afirmándole los pernos a su silla.

Cuando por debajo del casco me empezaba a picar la caspa se levantaba el rumor de que la CUT se encerraba en las industrias, defendiéndose furiosos de una proclama nueva, de propaganda prepotente. Al otro lado del caos, en un parlante impune, contradecía la programación una oxidada voz, amenazaba por tierra y aire la soberanía en democracia. De sentido contrario, eso valoró la causa guerrillera y como defensores designados esto los dotó de valentía y rectitud durante el impacto del bototo.

En tanto un perro hace suyo el botín de un basurero, he logrado dividir mi alma para que no me duela tanto el choque. Así, mis ojos y fuego están en un pichón que la suerte me dio. Este en las alturas me dice que los ministros están nerviosos aunque fieles. La confianza en crisis parece ser bonita. Es una pompa frágil que, dicen, no se romperá. La fuerza avanza y esos proyectiles ni en simulacro arruinan un lazo de amistad.

No me doy cuenta y el cielo está temblando. Es la FACh que nos saluda, estamos obligados a responderle. Es la hora, es mediodía. Los aviones pintan una nueva postal del palacio, pronto los cerebros se nublan y preparamos nuestras armas. Todo me da pena pero eso no puede ser, soy un hombre con metralla, ¡que siga esto adelante! Los cañones se abren camino, las grandes alamedas no entorpecen la ruta libertaria, Eduardo Labarca, escondido, se vuelve loco con la situación. Hasta que, para comprobar victoria, se decide usar lacrimógenas, derribando la puerta. Ahí creí que mi pajarito tesoro se había marchado para siempre. “¡Presidente!... ¡el primer piso está tomado por los militares!...”

La última imagen los ojos me la disparan y es la que no quemarán los milicos, porque yo vi que, debajo del cuerpo de Bomberos, pasado el derretir del incendio legado por las balas aéreas, se llevaban un bulto hacia el Hospital Militar. Mi palpitar vuelve a su sí, con fuerza. Estoy vivo y eso me amarga.

Termino al fin mi trabajo. Somos sardinas dentro de un diluvio de sangre, donde la Gran Orquesta le susurra compostura a su arma talentosa. Chile calla en parálisis, como el corazón de Schneider. En una ciudad sin héroes acuso mi amenaza, me obligaron a asesinar o mi hija daría letargos de agonía. En agresión mi vientre se vio y el reclutar bajo cláusula fue el oscuro guante de un General rastrero. Te dirán que todo cambiará y será néctar curativo para el país, te dirán que el Allende fue escupido por un fusil en su rostro, ahora, con otra punta en la pirámide lo que yo te digo es… declárame muerto.




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