Sonoramente amaneció el
día. El sol había saltado las nubes y miraba atento las cabezas de un hemisferio
lleno. Se trataba de una jornada en rutina, sin cambios tan relevantes ni
sugerentes colores. Ante todo, siempre controlada la situación en los
alrededores, la ciudad avanzando y el amarillo astro, como huevo frito pegado,
penetrando en la calvicie de los estresados mientras, bondadoso, también le
daba de comer a las plantas. Resumir que la algarabía comenzó porque el Sargento
salió de la sombra anhelando relucir la punta de su piocha. Tarareando, le
ordenó a su tropa marchante el movimiento diario y como siempre, fue cantado:
“Si la vida de un soldado
hay que arriar… no te olvides que el arma debe actuar… tradición sobre intuición,
acabar la subversión, uniforme debe ser, sí que esto es un placer”.
Sin atropellarse se
trazaron tres conscriptos gañanes y felices que, con sus pies de taladro,
carcomían el suelo dando nortinos pasos de brisa contraria. Para ellos la
riqueza de sus cargos era disputa periódica. Nunca nada les faltó, es verdad.
Galopaban detrás de su hombre al mando, hombre cuyas historias traspasaban la
ceguera de un estúpido. Solo por precaución las caretas de los que respiraban
aún emulaban convincente fiambrería. En tanto, el Sargento proseguía en su
armonía:
“La bandera proteger un día
juré… orden y luz paladín siempre seré… saludarte es un honor y la muerte un
sabor, ya cometes un error, yo aniquilo a tu pasión”.
Con la alegría del himno se
digería más óptimo el desayuno. Los soldados estaban contentos pues su líder
les habló de un juego de combate en horas próximas. Matar estaba en sus mentes,
como redención en trote constante. Esquivaron juguetes en polvorines para
aprender y ansiosos estaban por afrontar la realidad. Al otro lado y orgulloso
de su práctica, a táctica el Sargento enfiló a sus muchachos. Les dio generosos
minutos, procurando que dichos soldados tomaran distancia y trinchera. La
alarma tomó impulso, gritando más de la cuenta. Las nubes se hicieron a un lado.
Estaban solos, con su suerte y sus lecciones. Tan rápido como se ideó, era la
guerra.
Entre ellos acarreaban
fuego, ninguneaban balas, cargaban municiones. Las membranas del campo las
cubría un cementerio de cartuchos con sentido. Historias indómitas, quehaceres
en violencia, velas en el techo, ningún fonógrafo replicaría el ahora mejor, tarea
de la adrenalina misma. Se retorcían casi espías, casi ajedrecistas, por los
senderos. Uno se burló de otro mudamente, imitándolo. A la deriva quedó el
tercero, el pleito ya era a dúo. Se lanzaron la pica e impelieron mejor sus
tiros, les aumentó la gazuza el analizar de instinto, el sudor de la frente les
caía hecho hielo a la tierra a pesar del calor, sin darse cuenta el otro
enemigo estaba cubierto de moho. Iba bien la batalla, parecía entretenida
incluso, mas el destino mordió hambriento lo antojado: un proyectil incoloro
derribó al más extasiado. Y pronto el silencio ya no era un simulacro.
Con las anclas en el frío el
agonizante navegó sobre su propia sangre. Algo ahogado y fatigado pidió ayuda,
esgrimiendo de sus labios el blanco símbolo de la rendición. Un rayo capotó en
los zapatos de todos. El Sargento alzó sus manos en señal del fin anticipado de
la misión sintiéndose hediondo a fracaso. Cuando se aprontaban a examinar con
cierto miedo al moribundo una voz interrumpe diciendo “Pepito, dile a tus
amigos que entren a la casa porque se resfriarán”. Y así, al toque emitido
desde la guarnición, el recreo acabó en completa normalidad, sin secuelas tan
graves.