Siempre Arturo tuvo la fantasía de quedarse
más de la cuenta en el paradero que estaba a metros del galpón. Miraba con
decoro las luces que encendía el malabarista. Una a una, cada pelota le daba un
varieté de fotografías atenuantes y, todo eso, sin simplificar magia. “Luz”,
pensaba él, “luz que absorbe todo. Luz que no deja escurrir al pudor. Un
destello que derrite la disnea después del trabajo. Luz y sonido, como letra y
música, como poema y estrofa, como soliloquio y silbido, como camisa y corbata,
como dinero y sexo… como llanto y locura, como copa y saliva, como sostén y
bretel”.
En detalle con su observación, se relataban
estas situaciones, súbitamente, sin medir el aliento que no lograban
cortar los focos o dejar pasar el acústico desesperado y ajetreado de los
autos.
La amarilla lo sacudía
luego de captarlo en el jardín de la casa familiar, justo al frente de esas
margaritas, donde los perros solían corretear conejos y ratones. Todo esto,
seguramente, antes de escuchar lo frío que estaba el desayuno por boca de su
madre y después de robar algunas de las galletas ocultas en el armario de
Clara. Los rincones y malezas de los cerros debieron estar pavimentados
producto de sus pasos aventureros, solo y en compañía de las mascotas, por supuesto.
A tan corta edad, no había terreno fértil que le ganara a su instinto de
conocer el mundo, ni sol aplastante y fatigante que cambiase algún objetivo
paisajista.
La verde le recordaba al
cuaderno de apuntes que escondía bajo su pupitre en el internado. Era su
salvavidas y su confidente, por no decir su mejor amigo. Guardaba en sus hojas
lo meramente importante, lo vital, lo extraordinario o lo que se le arrancara
al esquema. En él, anotaba las figuras deambulantes del aula: aviones, gritos,
aplausos, torpedos, papeles amuñados y cartas de amor. Arturo nunca habló de
más, incluso, era muy callado y hermético aún cuando la consulta le era
directa. Atraía la mirada odiosa de sus compañeros y los ojos plenos de sus
compañeras. A las mujeres curiosas se les proyectaba un espejo cuando lo
observaban. Sin embargo, hasta por lentes científicos, los taimados llegan a
tener su espacio, así que, esas miradas eran suprimidas en los pensamientos
escritos.
El rojo venía en el
momento más intenso de su vista, el más atenuante de todo círculo gravitante,
retrocediendo a su mediana edad, una vez en la ciudad y en caminos monocordes.
Es decir, ¿qué más intenso que pasearse por las calles, recogiendo monedas?
¿Qué más sensacional que conocer una estrella cada jornada? La noche era así,
no podía venir nadie de algún lado a cambiar la perspectiva o a arrebatarle el
reinado a la expresión de libertinaje o a la poca dificultad de acumular conocidos. Así, él fue testigo de vampiros y cuchillos. Imborrables imágenes para
un debutante veinteañero, hecho con la coraza real de la naturaleza. Por esos
días pasaba hambre viendo la lluvia porque, con agua, miraba cómo crecían las
raíces.
Luego de la vorágine que ocasionaba el rojo,
llegaba la pasividad del azul. La desmedida propaganda a un
circo lo llevó a un atajo directo a la carpa. De azul sacaba asombros Gloria,
la trapecista, dueña de una plasticidad hecha a la experiencia. El traje fue lo
que le atrajo la atención. La carpa proveía todo adminículo que necesitase en
algún minuto, de forma clandestina. El joven crecía rápido, y el tiempo hizo lo
suyo, mientras rozaban la pasión en la cama, dejando en ella las huellas del
dictamen. El cielo y la tierra fueron el cobijo de Arturo para la vez en que el
circo se marchó y de Gloria, ni el traje se le vio.
Durante su estancia en el paradero, el
entorno le sugirió ver una esfera imaginaria. Una naranja, como el color
del cabello de Lucero, la persona que lo esperaba para fusionarse en las
sombras y la que logra centralizar el ciclo de colores. La mujer se ubicaba en
la ventana, cubierta de una transparencia, achicando un cigarrillo. “Ven aquí”,
le dice ella, “no pago por nada. Quiero probar tu fama”. Sin otro remedio, el
muchacho guardó corazón y mente, para luego matarse junto a Lucero, en la ironía
de su quehacer por membresía callejera y para ordenar su almohada ante la
brutalidad.
Casi como era de costumbre en esa rutina y,
en armonía dispar, quedaron en el velador: una carta con sangre, una argolla de
matrimonio, efectivo constante y el recuerdo de la maldición de las esquinas
capitalinas.