Donde el encuentro y la casualidad chocan, felices, para vivir un nuevo acontecer

Noche interna.




Prueba fehaciente de que la habitación era pequeña fue que yo, estando erguido, podía hacer sonar el techo con mis uñas, y como si el eco de mis palabras me entregaran una respuesta, decidí que no era el lugar apropiado para la idea en cuestión. Me fue difícil dar con el sitio, eso era lo único a favor.

En aquellas horas, las calles eran sucias, olvidadas, impregnadas de secretos, empapadas de luces que tiemblan.

Avanzo. Mis pasos y mis latidos se conectan, solo yo puedo sentir ese éxtasis. Me toco la chaqueta, no quedan cigarrillos, y las monedas que guardo serán destinadas a otro asunto.

De pronto, suena mi teléfono. Sí, es él, Domingo, y le contesto agitado, pensando en cómo, gentilmente, puedo rechazar aquel viaje a Noruega. “No sirvo para embarcarme en esas aguas, y sé que conoceré gente, pero mi lugar es aquí”. Termino la conversación, algo forzado por la todavía insistencia de mi amigo porque, de verdad, hay un hombre observándome en plena plaza a oscuras.

Cruzo el puente colgante, y fugaz como un rayo mi semblante reconoce un arbusto, ahora crecido, de una ocasión, cuando por 7 euros, mi rostro se inmortalizó a carbón en una amarillenta hoja. Ahí pequeño estaba, con la misma cara y los zapatos brillosos.

Casi al llegar a la pensión, veo y me enternezco por Natassia, quien se apiadó de un perro que estaba detrás de la reja de su viejo negocio, de manera agradecida, por haber recibido un pan fresco.

El auto estacionado detrás del grifo, vestido de un azul opacado al extremo, se mostraba perfecto encima de las piedras cuadradas por debajo de la rúa. Si me detengo a pensar, no recuerdo cuándo la ciudad se llenó de vehículos, aunque la carreta seguía siendo popular en una  zona rústica con cierto aire clásico.

¿Qué estoy haciendo? Son las 4:05 A.M. Los ventanales cerrados, la vecindad durmiendo, cada cosa en su lugar… ¿qué hago en medio de la neblina? Pregunto, mirando al cielo.

Todo se interrumpe para cuando unos sollozos imperiosos golpean mis oídos. “No puede ser… finalmente, se atrevió”. Corro hasta el señuelo chillón, y no puedo creerlo: Carl, el carnicero, había abandonado a su pequeño ayudante de 9 años, aislándolo, incluso, de la nieve que caía recién. Ante tal drama, no tengo otra opción que abrazarlo.

Y mientras los focos de las farolas crean destellos, resumo que debo adoptar al muchacho, no merece un destino así, está solo en el mundo. Y para procurar que seré un buen tutor, llamo a la empresa de donde me despidieron para convencer al guardia, mi socio y confidente, que elimine la carta de mi exescritorio y ya, casi a la hora siguiente, termino arrojando el frasco de veneno hacia lo más negro del paisaje.

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