Mientras los llantos explotaban me tocó resumirte en un
nombre, para más tarde dejar mi tintero azul deslizar debutante hacia esos
archivos de estela suave. Se observó, hacia los pasillos, un río que golpeaba
sonoramente a unas piedras, que solo por su órdago fluido lo situaba frágil. Eran
los últimos pasos, tensiones comunes, naturales, pensé. Ante eso, seguimos, sin
vacilar nervioso.
Al poco suspirar vi tu cuerpo tierno, pequeño, protegido
por un esmalte innato, ínclito. Dilatabas tu ser cuando nuestros pálpitos
calaban vehementes. De pronto, ya pude imaginar el reglero donde escribiría a
futuro esta singular testimonial.
Garante de esperanza al horizonte, luego te arrimaban hacia la aislación y la seguridad que el cobijo actual
brindaba. Ahí descuidé todo y dibujé el tiempo venidero: sudor, esfuerzo,
supervivencia a los naufragios, corresponder el calor, escalar lo adverso o
pilotear en milicias, en instituciones, en dichos superiores. Pero antes de
salir a la recepción, de divulgar tu sonrisa, me calmó el músculo el verte
vivir en los brazos de Isabel.
Una desgarrada hoja que solía dormir en su hábitat, se
desenganchó del privado cuaderno de notas de Aurora. Esta cayó suave y blanca,
una forma muy dispar, tomando en cuenta el fondo de alma juvenil con el cual se
afamó entre todas las páginas, haciendo de esta manera su existencia evidente en
el suelo del corredor colegial. La única alarmada por el suceso fue Valentina,
su compañera de salón, ella fue quién recogió el papel luego de un breve oreo
amenazante. Concurrido eso, acabó la escena cuando el timbre descargó un
chirrido y las clases reanudaban.
Mientras los minutos parecían estar atorados en las fronteras
del reloj Valentina, viendo la distancia con respecto al banco de la profesora
como una apremiante franquicia, sació su
curiosidad silente para infringir la seguridad del apunte, echándose un clavado
hacia su contenido, descubriendo entre imprentas señaléticas, que Aurora había
falsificado un permiso de salida anticipado, para luego deslizarse sobre un
portón grande, en calle Natalino. Siendo ya testigo de este antecedente, se
propuso a elaborar un diagrama corroborando las ligas sospechosas del lugar en
cuestión, refutando la teoría de que la niña callada que gozaba tocando la
guitarra fuera hacia la dirección de lo apacible.
De acuerdo a sus mentales conclusiones, sostuvo una
conversación con el profesor de historia, cuya confianza componía irresistible
un erradicado a las barreras asimétricas de los oradores. Acusaba la
improvisada detective de que todo era una gazapa y que tal vez caiga, como el
pichón libre, en manos que no harán más que aprisionarla. Su pedagogo confidente
quiso resolver esto de manera clandestina, imaginándose también lo peor, aunque
pensando en lo provechoso y viable que sería atrapar a los malosos en una
actitud irrevocable.
Habiendo tildado de incomprensible el destino próximo de
Aurora, el compuesto hombre se retiró minutos antes del colegio, con la
esperanza de enredarse en los pasos de la pequeña, viéndose primero envuelto en
la calle. Transcurrido el recorrido, secciones enteras de pavimentos tensos, se
produjo la vista que hace unos instantes se lograba figurar. Todo esto, con
ella unos pasos más adelante, como guía visible de objetos dudosos.
En el lugar de encuentro, la reja se abrió, y se dejó
deslizar sobre ella una mano dotada en años, hecha mujer. Una cana hembra
fraguó un saludo, que fue correspondido de manera simple. La niña entró,
dándole un sabor desgraciado al maestro sigiloso, expectante y encubierto. Conforme
a la pauta actual, desgastó nuevamente sus zapatos para arrastrarse hacia la
ventana y destapar todo el misticismo pronosticado por Valentina, la buena
amiga según ella misma.
Nunca terminará de contar esta anécdota el profesor ya
que, luego de que su ojo vigía se convirtiera en detector sincero, se le
devolvió la sorpresa pero de una forma magna. Aurora solo cooperaba con la pobre
rutina de su padre enfermo, postrado en el sillón de la esquina. Le daba la
comida en su seca boca, esperaba a que ingiriera el alimento en cuestión. Todo
lo que una vez se propuso era pasar algunos minutos, con el señor el cual forjó
su vida, mientras su madre le daba la cruel paga del engaño, tal como una vez
cantó Aurora al lado de su instrumento.
El infortunio tiene efectos nada moderados, operados en
garra dramática, planteando la fragilidad como apunte principal. Al oír el eco
de las cuerdas chocando por las paredes de esa, su otra morada, algo se rompió
dentro de su guardaespaldas de turno. No soportando más, este corrió hasta la plaza
más cercana, donde se encontró con una vieja cicatriz fragmentaria, sintiéndose
así, con otra herida incidental, derramando gotas cristalinas por el camino,
como para no olvidar.
Mostraste tu cuerpo y rostro frente a mí, regalándome, y
regalándole al círculo de conversación, una de tus tantas ocurrencias
calurosas, las mismas que se hacen por cortesía, para agradar y hacer cuajar
las ideas de otras y variadas intromisiones simpáticas. Nada mal, ya que derivó
a que se produjera libertad para confiarte una artillería de risas actorales o
risueñas. Luego recibimos el llamado de la junta y nos fuimos… animadamente,
caminando.
Durante el paseo concluimos dentro de todo, que lo mejor
era cruzar la puerta principal, dejando así que no se atochara, en una paralela
esquina de nuestro rincón de estudio, la vía de salida usada por emergencia.
Recuerdo que nos acercábamos a ella, y pusiste tu mano izquierda en el
picaporte. Un muestreo de tus dientes alineados diste, un tanto gastados por el
cigarro eso sí. Yo, postergado, simulando homogeneidad al grupo, no reculaba y debía
de seguir hasta nuestro lugar, a las entrañas de la sala de recepción.
Vigilaba tu forma de trabajar, la cual me sacaba de
quicio. Suponías, a cuánto tiempo ya de ocupar tu silla, que debías de archivar
un expediente donde no había formulario alguno, y enviárselo a alguien
despedido hacia ya un mes. Pero tu inoperante actuar se contrarrestaba con tu
hablar, a estas instancias, gatillado por el divertimento. Sin duda el escudo
perfecto, que ocultaba tu ignorancia aunque no tus músculos de superación.
Rojas iras se dibujaron en la frente del jefe, y créeme,
si pudiera haber abierto el cielo con sus manos, buscando una explicación
contundente, lo habrías visto. Se encontró ahí con que tu maleta repletaba ya tu escritorio recién habilitado, y con esto te encontrabas inserto en el
laborioso mundo, su mundo además. Él pensó en ese momento en una objeción
olvidada: capacitación.
Transando a lo que comentó el patrón, fue como llegué a
conocerte a fondo, haciendo hincapié en tus orígenes, después de que ingresarás
a mi despacho. Maquinabas una excavadora antes de presentarte aquí, y una
reducción de personal terminó por eyectarte hasta mi oficina. Verdaderamente,
eras nuevo en estas lides, y tu famosa habilidad parlanchina aquí, conmigo, no
pudo salvaguardarte. Algo que se queda en mi mente en retención: no fuiste de
mi agrado. Trataste de buscarme un lado positivo, como si fuera una pila, y te
topaste con mi faceta más rigurosa.
Al término de la entrevista, ya cuando todo se me fue
develado, nos hicimos presentes en el salón de nuestro superior en funciones,
Rigoberto Ariezo. Se agolparon los curiosos (tus amigos). Dependía de mi veredicto
tu estadía y tu solidez en tus futuros proyectos. A pesar de todo, abogué por
ti, es cierto. Y la oportunidad tuvo tu nombre, nuevamente quizás.
Te prestaste a terminar mi discurso, y no fue tan
aislado tu “no se preocupe, señor, la próxima vez lo haré mejor”. Íbamos bien,
de hecho, me refugié en la ventana con vista a un edificio en construcción,
pero mi oreja desvió su andar y dijiste una de tus muchas humoradas, y ahí mi
detector visual pudo evidenciar de que tenías una sonrisa extraña, una triste y
caída, bastante traumática. No hallaba explicación a eso, y era tarde para
haberlo pauteado como pregunta.
A esas alturas, ya no era una llama ardiente, sino un
odio intenso el que sentía por ti. No obstante, había lástima por tu manchada
cara. No miento, detesto tus nefastos chistes, rebuscados para no crear tiempo
muerto, para poder seguir siendo el intelectual navegante de ideas, pero tus aislados gestos hacen que dude hasta de mis pensamientos inmóviles. Solo recuerda
que te tengo vigilado José, ten en cuenta eso, y averiguaré tu verdad, lo juro.
Figuraba como el mejor vidente, muy por sobre las copas alineadas.
Era dando al cigarro, pero éste se consumía solo, ya que su boca era revestida
por otro aliento. A su lado, se susurraba éxtasis al ver cómo se movía el subsuelo,
los ejes motivantes del murmullo ajeno, la distracción local de aquel que
recreaba melodiosas estaciones. De lentes errados, peinado formal y
extravagante, elegante como su compañero, sabía que todos a él veían, y
terminaban sucumbiendo ante la delgada sombra, su sombra de pianista.
Su rutina consistía en estar amarrado al teclado de
encajes de blanco y negro vestido, fijando una mirada diametral hacia la dicha
íntima del licor de otros, sumado a lo conexo del reflexionar a oscuras con la
velocidad tratante. Se rescataba, prontamente, que cada uno de los integrantes
de las mesas, estimulados por las reacciones de los no mentolados consejos,
encontraban en aquel señorío musical un trozo de delicia en todo lo apartado y
actual, mientras expresaban su rechazo al querer aparecerse en las calles con
pesares ambulatorios.
Sinfonías de coloquio se situaban desbordantes por los
pasillos del bar. En tanto, buscaban los clientes entre sus billeteras la razón
de trabajo del letrado hombre. Algunos lo encontraban, otros lo ignoraban de
manera monumental. Sin embargo, detalles de lo que había en desproporción, como
el estado de ánimo, era nivelado con el sonido que producía el individuo. Era de
tal magnitud su magna formulación con el instrumento que lograba erradicar el
estertor de los moribundos de alrededor.
Este tipo se guiaba por lo planteado en sus apuntes, en
su antojado acorde que lo llevaba a crear situaciones musicales. Solo iba a
consolidar lo que una vez sintió cuando se le volcó el oído. Más que una labor
que lo tenía viviendo como un miserable, más que mendigar con el talento que le
fue concedido, era el desarrollo de la pasión que siempre, desde pequeño, gustó
narrar. Aunque eso no quita que hubo, en un incómodo momento, armonía
improvisada por alguien fuerte de carácter.
Una vez, cuando muchos miraron a este recinto con ojos
bohémicos, el negocio creció y este tuvo su minuto de gloria esplendorosa. Fueron
las idas a aquel lugar lo que lo llenaron y le dieron altura al nombre que
siempre tuvo presente conseguir, a la hora de haber recibido con simpleza los
aplausos hacia sus proezas iniciales, olvidando así de dónde provenía,
dejándolo en efecto, quizás por el resto de su vida, nictálope.
Viendo y analizando lo que acontecía, la soledad no era
permitida, y contrario a lo que opinaba la gente, aquí si había alegría y
placer. Solo pregúntenle al empresario que mira atento a una muchacha, la cual
se ríe de su propia desgracia.
Ya la canción había empezado su fin, recreando por
completo las historias contadas por lo demás. Pasa que él ahora comienza su
historia vacía, ya que los sentimientos se los queda el piano, su colega que,
sin querer, funcionaba igual que la caja y el monito bailarín. Toma la paga de
esta noche, mira su mundo, y junto a eso, el polvo de las sillas cuando son
levantadas a la mesa. Cierra la puerta
por fuera, toma su respiro matutino y camina para seguir componiendo la vida.
Los pormenores no le fueron detallados, y terminó siendo
excluido como el más agrio de los vegetales. Mientras una gorda y prognata mujer lograba muñir a los oficinistas éste fue
castigado, ni más ni menos, con el poder del silencio. Lo intrigante: se
trataba de un brindis el cual Ramírez podía recortar y pegar en cualquier
parte, ya que él era el que sacaba la foto de ese choque de copas, el que se
mantenía al margen del marco y era saludado como el fotógrafo trabajador,
mirado por obligación por los otros, como rebuscando en los párpados de aquel
apagado hombre el precio del revelado.
Llegó puntual a la reunión. Fue uno de los pocos que se
preocupó de entregarle al portero la cartilla que anunciaba su invitación al
encuentro. Su reloj aspiró el aroma de su perfume más caro, alguna vez
regalado, cosa que nadie sabía ni como graciosa anécdota.
En la empresa, con su caminar tímido y perfilado,
alistándose dentro del horario, había comenzado a trabajar temprano. La jornada
había sido complicada. Un archivero que insinuaba ser infinito adornó de mala
gana su escritorio. Pero la salutación fue muy fría por parte suya. Tenía muy
en claro de que no era alguien muy alegre o conversador, aunque eso no
justificaba ni pavimentaba ninguna conclusión. Se trataba de una mañana de
aquellas, como detallaba el registro de su pensar, nuevamente, sin ser amigo de
alguien. Tenía muy en cuenta de que su departamento gozaba de claraboyas, y él
eligió el color de las paredes, ningún empleado se jactaba de tanta comodidad y
respaldo a su gestión. Su sillón de jefe se justificaba, clásicamente, con los
diplomas colgados, atorando el simbólico paso del aire en libertad, ya sea de
dinamismo o espontaneidad, propia de un prohombre.
A pesar de todo, su vida no cuajaba con la rutina
craneal de un gerente. Ramírez coqueteaba entre la miseria y la oscuridad,
abrazando hombros dementes a la llegada a su hogar. Habitaciones grandes, y él
tan pequeño.
Y volviendo al brindis, cuya champaña sí era amarga, se
le anudó con una perfección poco saludable el triángulo de la corbata,
sintiéndose fatigado de pronto. Con la mirada nublada, abandonó el centro, dirigiéndose a
su casa.
Al día siguiente, notó que fue la primera vez que llegó
tarde. Pasivo, contempló a sus compañeros, esperando saber quién había sido el
que derramó algo más que alcohol a su vaso. Y su fragilidad respondía que podía
ser cualquiera, sin excepciones. Su seriedad resultaba ser a prueba de bromas y
chistes. Se sentó luego en su despacho, y bajo el computador encontró una nota,
inexplicablemente ahí, ya que solo él tenía las llaves. Sin titubeos la abrió,
desparramando así su contenido. Aparecía en ella, “eres el profesional extraño, de
costumbres ensimismadas, con una vida interesante. Te envidio en cierto
aspecto, aunque hay un detalle: en mi pequeña carrera aquí, jamás me lo había
propuesto, e imitaré a mi admirador. Seremos iguales, ya lo verás”. Salió
corriendo, y sin mirarse siquiera al espejo, creyéndose conocer, cayó de
asombro al comprobar diferencias: todos estaban laborando, nadie hablaba, y
nadie notó que éste había ingresado, tumbando alguna señal de saludo. Huraños,
ermitaños, extremadanamente herméticos. Después de esto, recaló al asiento de
su oficina, encerrándose, y se puso a pensar, como era de costumbre, ahora con
algo más concreto en la cabeza.
En su mente había una
confusión. Ella solo podía señalar a su defensa lo intrigante de la trama de la
novela de la tarde, a la cual, sus secos labios no le escondían ningún detalle a
los oídos de mi sobrino, quien exigía explicación más allá de la que ofrecía la
pauta televisiva. Su hermana Laura le palmoteaba la espalda, como recalcándole
que aquella saliva debía de ser recibida sin protestar. Hasta que, a su debido
minuto, éste se dio cuenta de que perdía el tiempo fraguando interrogatorios,
resolviendo así una búsqueda inmediata.
-¿Cómo dices que era?
– preguntó Laura.
-Lo sabes bien. Estuviste
para cuando la abuela me la regaló, cuando llegué a esta casa, hace un par de
horas – mencionó Claudio.
Levantando la casa por
completo, se arrojaron a los distintos rincones posibles, sin lograr el éxito
del encuentro. Todo se volvía desorden y ruido dentro de los salones, provocando que la
anciana, atornillada a la silla, subiera el volumen de su compañero. Los gritos de
los actores rebotaban en las murallas y espejos, y Claudio no pudo evitar
dirigirse al comedor después de esto, algo inquieto.
-Abuela, por favor,
haga memoria. ¿recuerda dónde la dejó?
-¿Dónde dejé qué?
-Pero si hablamos de
esto recién.
-¿Qué hablamos? Ah,
sí… y Juana espera a Fernando para casarse, pero su mamá odia a Fernando.
-Abuelita, ¡tú misma
me la diste!
-No te he dado nada.
-Mmm… esto está mal.
Pensando, el muchacho se
quedó. Algo sospechaba ya, meses atrás. Y se puso triste, y Laura lo observaba.
La búsqueda finalizó abruptamente. Con la mirada en las tablas del suelo,
concluyeron que la billetera extraviada se quedaría porque, mientras el oscuro
secreto de su paradero cubría notoria importancia, sucedió que, de manera
invisible, los colores de los recuerdos de la cana señora, amante de teleseries
antes del té, se tornaban más intensos en las fotos de la pared, dejando ya su
legado antes de que el guión del culebrón instale, ennegrecido, al corriente de
todo, FIN.
Noticiar que la pared que sostiene tu casa carece de
cimientos sólidos. Esa es la consigna tuya, joven observadora, la cual hace
parir un parche ante la herida que nunca quisiste citar. A pesar de que se
sitúa todo hacia el progreso, es inevitable no ser partícipe del garbullo.
No se puede revocar ya. Resulta que los billetes se
hacen pocos y la necesidad amplia de poseer lo básico te hace tambalear
febrilmente. Es aquí donde deseas que el antiguo relato de la abuela, aquella
que conocía al misterioso “árbol de monedas”, solo existente si lo plantabas a
la salud de la tierra, o sea, que el cuento fabuloso con el cual vibraste cada
vez que te encontrabas con alguna insignia metálica durante la niñez, se
convierta urgente en realidad.
Maldices el minuto exacto, el aliento sobrante, pero
mendigarías por momentos mejores. Poco a poco, se reduce lo que tenías a la
mínima expresión. Los anhelos de los hermanos menores, quienes piden sin medir
consecuencia, te convierten en un ser poco tolerante. Sin embargo, no encuentras
que tienes el derecho de juzgar. Recriminar no es lo tuyo.
Sabes de historia, y deduces la natalidad de este
padecimiento. El espiral en que divaga el asunto, lleno de infracciones, decepciones,
cajoneras con llave y opaca verdad, te sumerge hasta que caes, aunque ya sabías
de antemano que estabas en ese mundo. No sacas nada con llorar, no te hará
libre, y yo que tú ahorraría las lágrimas, pues debes conservar todo lo que hay
dentro de tu cuerpo.
La gravedad se hace presente. Miras tus manos, tienes fe
de que ellas lo soportarán. Es la ocasión para acordarse de palabras como fortaleza,
perseverancia y nobleza.
Conduces y caminas manchada, pero ahora el esfuerzo debe
ser parte tuyo. Piensa de forma lógica: si tu madre es la heroína de su vida,
algo de sacrificio debe haber, aunque si es la villana de ésta, perder no
debería ser novedad.
No resumas en que conseguirte a un mampostero sería la
solución.
Lo bueno de tu respirar es justo lo que conversábamos
ayer: ya no más patriarcado en el hogar. Ascienden con algo de miedo las
mujeres cuando se ausentan y van al trabajo, limpiando lo que desordenaron los
demás en lugar ajeno. El machismo se aleja un poco de los cuadros de tu casa.
Es… lo que añoraste un día.
Dentro de las ideas que se columpian en mi cerebro, se
escapa una valiosa: cuando mi padre me abrazaba, cuando alzaba generoso sus
brazos, también lo hizo el enemigo, solo que, para ese entonces, yo jugaba
mucho y no lo comprendía. El costo fue alto, y siempre hubo un flotador al cual
aferrarse. Mi madre laboraba como desquiciada y gracias a ello, nunca la olla
se vio escasa. Puedo decirte que a mi puerta también llegó el cáncer y, para
sobrevivir de la avalancha, debimos cooperar como una familia unida.
Prueba fehaciente de que la habitación era pequeña fue
que yo, estando erguido, podía hacer sonar el techo con mis uñas, y como si el
eco de mis palabras me entregaran una respuesta, decidí que no era el lugar
apropiado para la idea en cuestión. Me fue difícil dar con el sitio, eso era lo
único a favor.
En aquellas horas, las calles eran sucias, olvidadas,
impregnadas de secretos, empapadas de luces que tiemblan.
Avanzo. Mis pasos y mis latidos se conectan, solo yo
puedo sentir ese éxtasis. Me toco la chaqueta, no quedan cigarrillos, y las
monedas que guardo serán destinadas a otro asunto.
De pronto, suena mi teléfono. Sí, es él, Domingo, y le
contesto agitado, pensando en cómo, gentilmente, puedo rechazar aquel viaje a
Noruega. “No sirvo para embarcarme en esas aguas, y sé que conoceré gente, pero
mi lugar es aquí”. Termino la conversación, algo forzado por la todavía
insistencia de mi amigo porque, de verdad, hay un hombre observándome en plena
plaza a oscuras.
Cruzo el puente colgante, y fugaz como un rayo mi
semblante reconoce un arbusto, ahora crecido, de una ocasión, cuando por 7
euros, mi rostro se inmortalizó a carbón en una amarillenta hoja. Ahí pequeño
estaba, con la misma cara y los zapatos brillosos.
Casi al llegar a la pensión, veo y me enternezco por
Natassia, quien se apiadó de un perro que estaba detrás de la reja de su viejo
negocio, de manera agradecida, por haber recibido un pan fresco.
El auto estacionado detrás del grifo, vestido de un azul
opacado al extremo, se mostraba perfecto encima de las piedras cuadradas por
debajo de la rúa. Si me detengo a pensar, no recuerdo cuándo la ciudad se llenó
de vehículos, aunque la carreta seguía siendo popular en una zona rústica con cierto aire clásico.
¿Qué estoy haciendo? Son las 4:05 A.M. Los ventanales
cerrados, la vecindad durmiendo, cada cosa en su lugar… ¿qué hago en medio de
la neblina? Pregunto, mirando al cielo.
Todo se interrumpe para cuando unos sollozos imperiosos
golpean mis oídos. “No puede ser… finalmente, se atrevió”. Corro hasta el
señuelo chillón, y no puedo creerlo: Carl, el carnicero, había abandonado a su
pequeño ayudante de 9 años, aislándolo, incluso, de la nieve que caía recién.
Ante tal drama, no tengo otra opción que abrazarlo.
Y mientras los focos de las farolas crean destellos,
resumo que debo adoptar al muchacho, no merece un destino así, está solo en el
mundo. Y para procurar que seré un buen tutor, llamo a la empresa de donde me
despidieron para convencer al guardia, mi socio y confidente, que elimine la
carta de mi exescritorio y ya, casi a la hora siguiente, termino arrojando el frasco
de veneno hacia lo más negro del paisaje.
Siempre Arturo tuvo la fantasía de quedarse
más de la cuenta en el paradero que estaba a metros del galpón. Miraba con
decoro las luces que encendía el malabarista. Una a una, cada pelota le daba un
varieté de fotografías atenuantes y, todo eso, sin simplificar magia. “Luz”,
pensaba él, “luz que absorbe todo. Luz que no deja escurrir al pudor. Un
destello que derrite la disnea después del trabajo. Luz y sonido, como letra y
música, como poema y estrofa, como soliloquio y silbido, como camisa y corbata,
como dinero y sexo… como llanto y locura, como copa y saliva, como sostén y
bretel”.
En detalle con su observación, se relataban
estas situaciones, súbitamente, sin medir el aliento que no lograban
cortar los focos o dejar pasar el acústico desesperado y ajetreado de los
autos.
La amarilla lo sacudía
luego de captarlo en el jardín de la casa familiar, justo al frente de esas
margaritas, donde los perros solían corretear conejos y ratones. Todo esto,
seguramente, antes de escuchar lo frío que estaba el desayuno por boca de su
madre y después de robar algunas de las galletas ocultas en el armario de
Clara. Los rincones y malezas de los cerros debieron estar pavimentados
producto de sus pasos aventureros, solo y en compañía de las mascotas, por supuesto.
A tan corta edad, no había terreno fértil que le ganara a su instinto de
conocer el mundo, ni sol aplastante y fatigante que cambiase algún objetivo
paisajista.
La verde le recordaba al
cuaderno de apuntes que escondía bajo su pupitre en el internado. Era su
salvavidas y su confidente, por no decir su mejor amigo. Guardaba en sus hojas
lo meramente importante, lo vital, lo extraordinario o lo que se le arrancara
al esquema. En él, anotaba las figuras deambulantes del aula: aviones, gritos,
aplausos, torpedos, papeles amuñados y cartas de amor. Arturo nunca habló de
más, incluso, era muy callado y hermético aún cuando la consulta le era
directa. Atraía la mirada odiosa de sus compañeros y los ojos plenos de sus
compañeras. A las mujeres curiosas se les proyectaba un espejo cuando lo
observaban. Sin embargo, hasta por lentes científicos, los taimados llegan a
tener su espacio, así que, esas miradas eran suprimidas en los pensamientos
escritos.
El rojo venía en el
momento más intenso de su vista, el más atenuante de todo círculo gravitante,
retrocediendo a su mediana edad, una vez en la ciudad y en caminos monocordes.
Es decir, ¿qué más intenso que pasearse por las calles, recogiendo monedas?
¿Qué más sensacional que conocer una estrella cada jornada? La noche era así,
no podía venir nadie de algún lado a cambiar la perspectiva o a arrebatarle el
reinado a la expresión de libertinaje o a la poca dificultad de acumular conocidos. Así, él fue testigo de vampiros y cuchillos. Imborrables imágenes para
un debutante veinteañero, hecho con la coraza real de la naturaleza. Por esos
días pasaba hambre viendo la lluvia porque, con agua, miraba cómo crecían las
raíces.
Luego de la vorágine que ocasionaba el rojo,
llegaba la pasividad del azul. La desmedida propaganda a un
circo lo llevó a un atajo directo a la carpa. De azul sacaba asombros Gloria,
la trapecista, dueña de una plasticidad hecha a la experiencia. El traje fue lo
que le atrajo la atención. La carpa proveía todo adminículo que necesitase en
algún minuto, de forma clandestina. El joven crecía rápido, y el tiempo hizo lo
suyo, mientras rozaban la pasión en la cama, dejando en ella las huellas del
dictamen. El cielo y la tierra fueron el cobijo de Arturo para la vez en que el
circo se marchó y de Gloria, ni el traje se le vio.
Durante su estancia en el paradero, el
entorno le sugirió ver una esfera imaginaria. Una naranja, como el color
del cabello de Lucero, la persona que lo esperaba para fusionarse en las
sombras y la que logra centralizar el ciclo de colores. La mujer se ubicaba en
la ventana, cubierta de una transparencia, achicando un cigarrillo. “Ven aquí”,
le dice ella, “no pago por nada. Quiero probar tu fama”. Sin otro remedio, el
muchacho guardó corazón y mente, para luego matarse junto a Lucero, en la ironía
de su quehacer por membresía callejera y para ordenar su almohada ante la
brutalidad.
Casi como era de costumbre en esa rutina y,
en armonía dispar, quedaron en el velador: una carta con sangre, una argolla de
matrimonio, efectivo constante y el recuerdo de la maldición de las esquinas
capitalinas.
Hace
unos días hubo una niña que, después de la común salida de clases, se situó con
un perro a la orilla de la vereda. Ésta tenía la máxima intención de que el
animal aprendiera las vocales. La niña se esforzaba y, quizás, el perro hacía
su mejor intento por balbucear. Aquella expresión académica me hizo acordar a
mis aspiraciones futuras, porque ¿cómo sería la vida si mirara desde las
alturas de un profesor? ¿Hasta dónde llegarán las formas y artimañas de un
pedagogo para hacer de su alumno un profesional único, conforme a las
necesidades actuales?
La
verdad de las cosas es que todo lo que uno se propone puede llegar a puerto. A
lo mejor María no quiere reprobar a Rocky así como así. Le da la oportunidad a
errar y reintentar, filosofías elementales de crecimiento del ser humano.
Esfuerza sus energías convergidas desde una mañana de inglés y matemáticas tratando de intervenir en el aliento diario del cuadrúpedo. La inocencia de una
persona que no deja caer sus brazos para poder atravesar una material muralla… ¿eso hace penetrable
el obstáculo?
Muchas
veces, como jóvenes (y por el simple hecho de ser jóvenes), nos dicen que
nuestros sueños no tienen sentido, poco menos que nuestra realidad es objeto
inadmisible en el techo contemporáneo (que por cierto, se hace más dificultoso
de sostener). Las aspiraciones de personas que desean transformar el mundo
mientras los grandes se lo devoran a mordiscos, ¡es injusto! Pero ¿Qué hay de
malo en soñar? ¿Qué hay de malo en cerrar los ojos y calcular la métrica del
crepúsculo que derrite el barniz opaco
de las paredes formales? Es lo bueno de esta etapa de vida: somos libres, y lo
hacemos notar.
El
escribir entabla un puente en mencionada travesía. Lo puro del aire cuando se
toma el papel es concebible para el que tenga que decir algo. Una anécdota: un
día estuve en Londres. Una neblina me tapó y sentí las manos heladas. Habían
árboles con mensajes encriptados, descifrables por mi persona. Me gusta la
neblina, y me gusta el frío; andar tapado y caminar junto a preocupaciones y
alegrías. Cuando descubrí que todo retornaba a sus colores, se me vino una sola
palabra, antes de volver al estresante sol estudiante: Imagine. Prometí volver
a los árboles en el momento exacto en que lo introspectivo se vuelque en
desbordante brutalidad.
Libre
pensante; la interactividad de letras y significados promueve la vital fórmula.
Sin pensamiento no somos nada, y andaríamos perdidos en un gran mundo; y sin
libertad no existe razón de ser para el hombre, en todo orden de rutina. Si eso
se lograra empalmar con la escritura fluida, se da paso a la libre expresión de
forma ideológica, un tema que, a simple impresión suena complejo pero no es una
formulación de otro planeta.
De
libertad y pensamiento, temas en boca de todos, podríamos hablar mucho.
Habiendo tantas movilizaciones podemos observar el rol fundamental de las redes
sociales, aunque yo voy más allá: el descontento generalizado de un grupo que
lucha protocolarmente para revertir determinadas decisiones, es decir, la
gente, ávida de informaciones, se torna contraproducente en torno al dictamen
de unos pocos. El poder de la palabra… también países o tendencias políticas de
muchos sectores han fundado sus ideales en normas y manuales de instrucciones
para imperios, humanistas y locos de remate. A la hora de hablar de letras, se
acordonan muchos conceptos alternativos.
Volviendo
al día a día, no creo que María logre recompensar a Rocky con una nota
excelente. Sin embargo, su garra es el reflejo de que todo lo que esperamos del
mundo, en algún rincón de tierra virgen e inerte, se pueden las cosas más
maravillosas de todo el existencialismo. Revolver imaginación y realidad da
origen a algo más que un oasis en pleno desierto. Puede ser, nuestro gran
motivo.