Donde el encuentro y la casualidad chocan, felices, para vivir un nuevo acontecer

Campeón batallante.



Nació, comió, vivió, recordó, murió... y cuando creía que lo tuvo todo, le colgaron una leyenda y una huella.



















Hubo.


Hubo un tiempo donde las vitrinas de los paisajes se entrometían en mis movimientos, y todo era traspasado por mi curioso andar. Ahí el tiempo, con su derrame lucero, actuaba lapidario. En horarios de buena ventura, bienvenida la junta de la sopa con el pan, la manta y la radio a pila; bienvenida la junta del calor de la leña y, a su lado, la familia.

Hubo un tiempo donde yo era pequeño, al igual que la caleta, y caminaba por la orilla situada de los pescadores anclados dibujando pompas en la arena. Un palo varado en los débiles pavimentos, cuan compañero sujeto al clima, simulaba ser más que accesorio en medio de la actividad dial.

Hubo un tiempo donde la gente se dormía tarde y se levantaba temprano, sin una secuela por ello. Así y todo, las jornadas no eran largas y quizás se vivían de forma excitante. Los días completos, las conversaciones acabadas, el sabor del pasto y la greda, todo, con su toque singular de este lado del globo.

Hubo un tiempo donde el hospedado se quejaba de la precariedad pero agradecía la humildad. A través de dulces bizcochos, se sentían dueños temporales de una vida que siempre miraban en postales extrañas. Al final de la estancia ellos, hambrientos de paz, regresaban gustosos, casi desligándose de ser tildados forasteros.

Hubo un tiempo donde el colegio era un nido de resfriados. Cuando el invierno lloraba, y uno mojado, empapado de alma natura, estudiar costaba. Los sueños eran grandes, me acuerdo, más grandes que los picos de las montañas o del lago en las afueras de la nada.

Hubo un tiempo donde los recuerdos eran solicitados por mis hijos. A raíz de eso saltamos una vez a una lancha, con salvavidas en el cuerpo. Miraron, sonrieron, fuimos al restorán, para luego regresar prontamente a la otra vereda. Y en sus mentes se coloreaban las historias de un pasar.

Hubo un tiempo donde yo pensaba mucho, fraguando planes para llegar salvo a mi cama. Ahora en ella, y antes de doblegar mi espalda al colchón digo “pero también hubo un tiempo donde ese era mi lugar y a pesar de que soy feliz en la ciudad, no hay nada más placentero que los ojos clavar en la mar.”

La polera.


Dentro de una realidad común, se encontraba una niña vital a la cual no le gustaba limpiar los muebles. Caminaba y se los decía a todos, aunque suponía que solamente lo sabía cada persona que pasaba cerca suyo. No le gustaba, seguramente, porque esos trazados de dejado aseo eran minúsculos a sus ojos y no podía ver a la población de polvo que habitaba sobre las fronteras de la estantería.

Junto a su madre estaba ella un día, en el quehacer del hogar, mientras la mayor analizaba el desgano de la menor al poner en práctica la labor de aseo.

-      Antonia… al menos, imagina la vida que tenía esta polera antes de que se hubiera convertido en un paño.

A lo que la pequeña, con su mejor inventiva, respondió:

-      Mmm sí, tienes razón. Debe haberla disfrutado bien porque ¡mira cómo está ahora!

El hijo.


Mientras los llantos explotaban me tocó resumirte en un nombre, para más tarde dejar mi tintero azul deslizar debutante hacia esos archivos de estela suave. Se observó, hacia los pasillos, un río que golpeaba sonoramente a unas piedras, que solo por su órdago fluido lo situaba frágil. Eran los últimos pasos, tensiones comunes, naturales, pensé. Ante eso, seguimos, sin vacilar nervioso.

Al poco suspirar vi tu cuerpo tierno, pequeño, protegido por un esmalte innato, ínclito. Dilatabas tu ser cuando nuestros pálpitos calaban vehementes. De pronto, ya pude imaginar el reglero donde escribiría a futuro esta singular testimonial.

Garante de esperanza al horizonte, luego te arrimaban hacia la aislación y la seguridad que el cobijo actual brindaba. Ahí descuidé todo y dibujé el tiempo venidero: sudor, esfuerzo, supervivencia a los naufragios, corresponder el calor, escalar lo adverso o pilotear en milicias, en instituciones, en dichos superiores. Pero antes de salir a la recepción, de divulgar tu sonrisa, me calmó el músculo el verte vivir en los brazos de Isabel. 


Incidental.


Correspondería esto al quinto día de junio.

Una desgarrada hoja que solía dormir en su hábitat, se desenganchó del privado cuaderno de notas de Aurora. Esta cayó suave y blanca, una forma muy dispar, tomando en cuenta el fondo de alma juvenil con el cual se afamó entre todas las páginas, haciendo de esta manera su existencia evidente en el suelo del corredor colegial. La única alarmada por el suceso fue Valentina, su compañera de salón, ella fue quién recogió el papel luego de un breve oreo amenazante. Concurrido eso, acabó la escena cuando el timbre descargó un chirrido y las clases reanudaban.

Mientras los minutos parecían estar atorados en las fronteras del reloj Valentina, viendo la distancia con respecto al banco de la profesora como una apremiante franquicia, sació su curiosidad silente para infringir la seguridad del apunte, echándose un clavado hacia su contenido, descubriendo entre imprentas señaléticas, que Aurora había falsificado un permiso de salida anticipado, para luego deslizarse sobre un portón grande, en calle Natalino. Siendo ya testigo de este antecedente, se propuso a elaborar un diagrama corroborando las ligas sospechosas del lugar en cuestión, refutando la teoría de que la niña callada que gozaba tocando la guitarra fuera hacia la dirección de lo apacible.

De acuerdo a sus mentales conclusiones, sostuvo una conversación con el profesor de historia, cuya confianza componía irresistible un erradicado a las barreras asimétricas de los oradores. Acusaba la improvisada detective de que todo era una gazapa y que tal vez caiga, como el pichón libre, en manos que no harán más que aprisionarla. Su pedagogo confidente quiso resolver esto de manera clandestina, imaginándose también lo peor, aunque pensando en lo provechoso y viable que sería atrapar a los malosos en una actitud irrevocable.

Habiendo tildado de incomprensible el destino próximo de Aurora, el compuesto hombre se retiró minutos antes del colegio, con la esperanza de enredarse en los pasos de la pequeña, viéndose primero envuelto en la calle. Transcurrido el recorrido, secciones enteras de pavimentos tensos, se produjo la vista que hace unos instantes se lograba figurar. Todo esto, con ella unos pasos más adelante, como guía visible de objetos dudosos.

En el lugar de encuentro, la reja se abrió, y se dejó deslizar sobre ella una mano dotada en años, hecha mujer. Una cana hembra fraguó un saludo, que fue correspondido de manera simple. La niña entró, dándole un sabor desgraciado al maestro sigiloso, expectante y encubierto. Conforme a la pauta actual, desgastó nuevamente sus zapatos para arrastrarse hacia la ventana y destapar todo el misticismo pronosticado por Valentina, la buena amiga según ella misma.

Nunca terminará de contar esta anécdota el profesor ya que, luego de que su ojo vigía se convirtiera en detector sincero, se le devolvió la sorpresa pero de una forma magna. Aurora solo cooperaba con la pobre rutina de su padre enfermo, postrado en el sillón de la esquina. Le daba la comida en su seca boca, esperaba a que ingiriera el alimento en cuestión. Todo lo que una vez se propuso era pasar algunos minutos, con el señor el cual forjó su vida, mientras su madre le daba la cruel paga del engaño, tal como una vez cantó Aurora al lado de su instrumento.

El infortunio tiene efectos nada moderados, operados en garra dramática, planteando la fragilidad como apunte principal. Al oír el eco de las cuerdas chocando por las paredes de esa, su otra morada, algo se rompió dentro de su guardaespaldas de turno. No soportando más, este corrió hasta la plaza más cercana, donde se encontró con una vieja cicatriz fragmentaria, sintiéndose así, con otra herida incidental, derramando gotas cristalinas por el camino, como para no olvidar.


Novato.


Mostraste tu cuerpo y rostro frente a mí, regalándome, y regalándole al círculo de conversación, una de tus tantas ocurrencias calurosas, las mismas que se hacen por cortesía, para agradar y hacer cuajar las ideas de otras y variadas intromisiones simpáticas. Nada mal, ya que derivó a que se produjera libertad para confiarte una artillería de risas actorales o risueñas. Luego recibimos el llamado de la junta y nos fuimos… animadamente, caminando.

Durante el paseo concluimos dentro de todo, que lo mejor era cruzar la puerta principal, dejando así que no se atochara, en una paralela esquina de nuestro rincón de estudio, la vía de salida usada por emergencia. Recuerdo que nos acercábamos a ella, y pusiste tu mano izquierda en el picaporte. Un muestreo de tus dientes alineados diste, un tanto gastados por el cigarro eso sí. Yo, postergado, simulando homogeneidad al grupo, no reculaba y debía de seguir hasta nuestro lugar, a las entrañas de la sala de recepción.

Vigilaba tu forma de trabajar, la cual me sacaba de quicio. Suponías, a cuánto tiempo ya de ocupar tu silla, que debías de archivar un expediente donde no había formulario alguno, y enviárselo a alguien despedido hacia ya un mes. Pero tu inoperante actuar se contrarrestaba con tu hablar, a estas instancias, gatillado por el divertimento. Sin duda el escudo perfecto, que ocultaba tu ignorancia aunque no tus músculos de superación.

Rojas iras se dibujaron en la frente del jefe, y créeme, si pudiera haber abierto el cielo con sus manos, buscando una explicación contundente, lo habrías visto. Se encontró ahí con que tu maleta repletaba ya tu escritorio recién habilitado, y con esto te encontrabas inserto en el laborioso mundo, su mundo además. Él pensó en ese momento en una objeción olvidada: capacitación.

Transando a lo que comentó el patrón, fue como llegué a conocerte a fondo, haciendo hincapié en tus orígenes, después de que ingresarás a mi despacho. Maquinabas una excavadora antes de presentarte aquí, y una reducción de personal terminó por eyectarte hasta mi oficina. Verdaderamente, eras nuevo en estas lides, y tu famosa habilidad parlanchina aquí, conmigo, no pudo salvaguardarte. Algo que se queda en mi mente en retención: no fuiste de mi agrado. Trataste de buscarme un lado positivo, como si fuera una pila, y te topaste con mi faceta más rigurosa.

Al término de la entrevista, ya cuando todo se me fue develado, nos hicimos presentes en el salón de nuestro superior en funciones, Rigoberto Ariezo. Se agolparon los curiosos (tus amigos). Dependía de mi veredicto tu estadía y tu solidez en tus futuros proyectos. A pesar de todo, abogué por ti, es cierto. Y la oportunidad tuvo tu nombre, nuevamente quizás.

Te prestaste a terminar mi discurso, y no fue tan aislado tu “no se preocupe, señor, la próxima vez lo haré mejor”. Íbamos bien, de hecho, me refugié en la ventana con vista a un edificio en construcción, pero mi oreja desvió su andar y dijiste una de tus muchas humoradas, y ahí mi detector visual pudo evidenciar de que tenías una sonrisa extraña, una triste y caída, bastante traumática. No hallaba explicación a eso, y era tarde para haberlo pauteado como pregunta.

A esas alturas, ya no era una llama ardiente, sino un odio intenso el que sentía por ti. No obstante, había lástima por tu manchada cara. No miento, detesto tus nefastos chistes, rebuscados para no crear tiempo muerto, para poder seguir siendo el intelectual navegante de ideas, pero tus aislados gestos hacen que dude hasta de mis pensamientos inmóviles. Solo recuerda que te tengo vigilado José, ten en cuenta eso, y averiguaré tu verdad, lo juro.

El pianista.


Figuraba como el mejor vidente, muy por sobre las copas alineadas. Era dando al cigarro, pero éste se consumía solo, ya que su boca era revestida por otro aliento. A su lado, se susurraba éxtasis al ver cómo se movía el subsuelo, los ejes motivantes del murmullo ajeno, la distracción local de aquel que recreaba melodiosas estaciones. De lentes errados, peinado formal y extravagante, elegante como su compañero, sabía que todos a él veían, y terminaban sucumbiendo ante la delgada sombra, su sombra de pianista.

Su rutina consistía en estar amarrado al teclado de encajes de blanco y negro vestido, fijando una mirada diametral hacia la dicha íntima del licor de otros, sumado a lo conexo del reflexionar a oscuras con la velocidad tratante. Se rescataba, prontamente, que cada uno de los integrantes de las mesas, estimulados por las reacciones de los no mentolados consejos, encontraban en aquel señorío musical un trozo de delicia en todo lo apartado y actual, mientras expresaban su rechazo al querer aparecerse en las calles con pesares ambulatorios.

Sinfonías de coloquio se situaban desbordantes por los pasillos del bar. En tanto, buscaban los clientes entre sus billeteras la razón de trabajo del letrado hombre. Algunos lo encontraban, otros lo ignoraban de manera monumental. Sin embargo, detalles de lo que había en desproporción, como el estado de ánimo, era nivelado con el sonido que producía el individuo. Era de tal magnitud su magna formulación con el instrumento que lograba erradicar el estertor de los moribundos de alrededor.

Este tipo se guiaba por lo planteado en sus apuntes, en su antojado acorde que lo llevaba a crear situaciones musicales. Solo iba a consolidar lo que una vez sintió cuando se le volcó el oído. Más que una labor que lo tenía viviendo como un miserable, más que mendigar con el talento que le fue concedido, era el desarrollo de la pasión que siempre, desde pequeño, gustó narrar. Aunque eso no quita que hubo, en un incómodo momento, armonía improvisada por alguien fuerte de carácter.

Una vez, cuando muchos miraron a este recinto con ojos bohémicos, el negocio creció y este tuvo su minuto de gloria esplendorosa. Fueron las idas a aquel lugar lo que lo llenaron y le dieron altura al nombre que siempre tuvo presente conseguir, a la hora de haber recibido con simpleza los aplausos hacia sus proezas iniciales, olvidando así de dónde provenía, dejándolo en efecto, quizás por el resto de su vida, nictálope.

Viendo y analizando lo que acontecía, la soledad no era permitida, y contrario a lo que opinaba la gente, aquí si había alegría y placer. Solo pregúntenle al empresario que mira atento a una muchacha, la cual se ríe de su propia desgracia.

Ya la canción había empezado su fin, recreando por completo las historias contadas por lo demás. Pasa que él ahora comienza su historia vacía, ya que los sentimientos se los queda el piano, su colega que, sin querer, funcionaba igual que la caja y el monito bailarín. Toma la paga de esta noche, mira su mundo, y junto a eso, el polvo de las sillas cuando son levantadas a la mesa.  Cierra la puerta por fuera, toma su respiro matutino y camina para seguir componiendo la vida.

Ramírez.

Los pormenores no le fueron detallados, y terminó siendo excluido como el más agrio de los vegetales. Mientras una gorda y prognata  mujer lograba muñir a los oficinistas éste fue castigado, ni más ni menos, con el poder del silencio. Lo intrigante: se trataba de un brindis el cual Ramírez podía recortar y pegar en cualquier parte, ya que él era el que sacaba la foto de ese choque de copas, el que se mantenía al margen del marco y era saludado como el fotógrafo trabajador, mirado por obligación por los otros, como rebuscando en los párpados de aquel apagado hombre el precio del revelado.

Llegó puntual a la reunión. Fue uno de los pocos que se preocupó de entregarle al portero la cartilla que anunciaba su invitación al encuentro. Su reloj aspiró el aroma de su perfume más caro, alguna vez regalado, cosa que nadie sabía ni como graciosa anécdota.

En la empresa, con su caminar tímido y perfilado, alistándose dentro del horario, había comenzado a trabajar temprano. La jornada había sido complicada. Un archivero que insinuaba ser infinito adornó de mala gana su escritorio. Pero la salutación fue muy fría por parte suya. Tenía muy en claro de que no era alguien muy alegre o conversador, aunque eso no justificaba ni pavimentaba ninguna conclusión. Se trataba de una mañana de aquellas, como detallaba el registro de su pensar, nuevamente, sin ser amigo de alguien. Tenía muy en cuenta de que su departamento gozaba de claraboyas, y él eligió el color de las paredes, ningún empleado se jactaba de tanta comodidad y respaldo a su gestión. Su sillón de jefe se justificaba, clásicamente, con los diplomas colgados, atorando el simbólico paso del aire en libertad, ya sea de dinamismo o espontaneidad, propia de un prohombre.

A pesar de todo, su vida no cuajaba con la rutina craneal de un gerente. Ramírez coqueteaba entre la miseria y la oscuridad, abrazando hombros dementes a la llegada a su hogar. Habitaciones grandes, y él tan pequeño.

Y volviendo al brindis, cuya champaña sí era amarga, se le anudó con una perfección poco saludable el triángulo de la corbata, sintiéndose fatigado de pronto. Con la mirada nublada, abandonó el centro, dirigiéndose a su casa.

Al día siguiente, notó que fue la primera vez que llegó tarde. Pasivo, contempló a sus compañeros, esperando saber quién había sido el que derramó algo más que alcohol a su vaso. Y su fragilidad respondía que podía ser cualquiera, sin excepciones. Su seriedad resultaba ser a prueba de bromas y chistes. Se sentó luego en su despacho, y bajo el computador encontró una nota, inexplicablemente ahí, ya que solo él tenía las llaves. Sin titubeos la abrió, desparramando así su contenido. Aparecía en ella, “eres el profesional extraño, de costumbres ensimismadas, con una vida interesante. Te envidio en cierto aspecto, aunque hay un detalle: en mi pequeña carrera aquí, jamás me lo había propuesto, e imitaré a mi admirador. Seremos iguales, ya lo verás”. Salió corriendo, y sin mirarse siquiera al espejo, creyéndose conocer, cayó de asombro al comprobar diferencias: todos estaban laborando, nadie hablaba, y nadie notó que éste había ingresado, tumbando alguna señal de saludo. Huraños, ermitaños, extremadanamente herméticos. Después de esto, recaló al asiento de su oficina, encerrándose, y se puso a pensar, como era de costumbre, ahora con algo más concreto en la cabeza.

Pérdida.


En su mente había una confusión. Ella solo podía señalar a su defensa lo intrigante de la trama de la novela de la tarde, a la cual, sus secos labios no le escondían ningún detalle a los oídos de mi sobrino, quien exigía explicación más allá de la que ofrecía la pauta televisiva. Su hermana Laura le palmoteaba la espalda, como recalcándole que aquella saliva debía de ser recibida sin protestar. Hasta que, a su debido minuto, éste se dio cuenta de que perdía el tiempo fraguando interrogatorios, resolviendo así una búsqueda inmediata.

-          ¿Cómo dices que era? – preguntó Laura.

-          Lo sabes bien. Estuviste para cuando la abuela me la regaló, cuando llegué a esta casa, hace un par de horas – mencionó Claudio.

Levantando la casa por completo, se arrojaron a los distintos rincones posibles, sin lograr el éxito del encuentro. Todo se volvía desorden  y ruido dentro de los salones, provocando que la anciana, atornillada a la silla, subiera el volumen de su compañero. Los gritos de los actores rebotaban en las murallas y espejos, y Claudio no pudo evitar dirigirse al comedor después de esto, algo inquieto.

-          Abuela, por favor, haga memoria. ¿recuerda dónde la dejó?

-          ¿Dónde dejé qué?

-          Pero si hablamos de esto recién.

-          ¿Qué hablamos? Ah, sí… y Juana espera a Fernando para casarse, pero su mamá odia a Fernando.

-          Abuelita, ¡tú misma me la diste!

-          No te he dado nada.

-          Mmm… esto está mal.

Pensando, el muchacho se quedó. Algo sospechaba ya, meses atrás. Y se puso triste, y Laura lo observaba. La búsqueda finalizó abruptamente. Con la mirada en las tablas del suelo, concluyeron que la billetera extraviada se quedaría porque, mientras el oscuro secreto de su paradero cubría notoria importancia, sucedió que, de manera invisible, los colores de los recuerdos de la cana señora, amante de teleseries antes del té, se tornaban más intensos en las fotos de la pared, dejando ya su legado antes de que el guión del culebrón instale, ennegrecido, al corriente de todo, FIN.


Tu minuto.


Noticiar que la pared que sostiene tu casa carece de cimientos sólidos. Esa es la consigna tuya, joven observadora, la cual hace parir un parche ante la herida que nunca quisiste citar. A pesar de que se sitúa todo hacia el progreso, es inevitable no ser partícipe del garbullo.

No se puede revocar ya. Resulta que los billetes se hacen pocos y la necesidad amplia de poseer lo básico te hace tambalear febrilmente. Es aquí donde deseas que el antiguo relato de la abuela, aquella que conocía al misterioso “árbol de monedas”, solo existente si lo plantabas a la salud de la tierra, o sea, que el cuento fabuloso con el cual vibraste cada vez que te encontrabas con alguna insignia metálica durante la niñez, se convierta urgente en realidad.

Maldices el minuto exacto, el aliento sobrante, pero mendigarías por momentos mejores. Poco a poco, se reduce lo que tenías a la mínima expresión. Los anhelos de los hermanos menores, quienes piden sin medir consecuencia, te convierten en un ser poco tolerante. Sin embargo, no encuentras que tienes el derecho de juzgar. Recriminar no es lo tuyo.

Sabes de historia, y deduces la natalidad de este padecimiento. El espiral en que divaga el asunto, lleno de infracciones, decepciones, cajoneras con llave y opaca verdad, te sumerge hasta que caes, aunque ya sabías de antemano que estabas en ese mundo. No sacas nada con llorar, no te hará libre, y yo que tú ahorraría las lágrimas, pues debes conservar todo lo que hay dentro de tu cuerpo.

La gravedad se hace presente. Miras tus manos, tienes fe de que ellas lo soportarán. Es la ocasión para acordarse de palabras como fortaleza, perseverancia y nobleza.

Conduces y caminas manchada, pero ahora el esfuerzo debe ser parte tuyo. Piensa de forma lógica: si tu madre es la heroína de su vida, algo de sacrificio debe haber, aunque si es la villana de ésta, perder no debería ser novedad.

No resumas en que conseguirte a un mampostero sería la solución.

Lo bueno de tu respirar es justo lo que conversábamos ayer: ya no más patriarcado en el hogar. Ascienden con algo de miedo las mujeres cuando se ausentan y van al trabajo, limpiando lo que desordenaron los demás en lugar ajeno. El machismo se aleja un poco de los cuadros de tu casa. Es… lo que añoraste un día.

Dentro de las ideas que se columpian en mi cerebro, se escapa una valiosa: cuando mi padre me abrazaba, cuando alzaba generoso sus brazos, también lo hizo el enemigo, solo que, para ese entonces, yo jugaba mucho y no lo comprendía. El costo fue alto, y siempre hubo un flotador al cual aferrarse. Mi madre laboraba como desquiciada y gracias a ello, nunca la olla se vio escasa. Puedo decirte que a mi puerta también llegó el cáncer y, para sobrevivir de la avalancha, debimos cooperar como una familia unida.

Noche interna.




Prueba fehaciente de que la habitación era pequeña fue que yo, estando erguido, podía hacer sonar el techo con mis uñas, y como si el eco de mis palabras me entregaran una respuesta, decidí que no era el lugar apropiado para la idea en cuestión. Me fue difícil dar con el sitio, eso era lo único a favor.

En aquellas horas, las calles eran sucias, olvidadas, impregnadas de secretos, empapadas de luces que tiemblan.

Avanzo. Mis pasos y mis latidos se conectan, solo yo puedo sentir ese éxtasis. Me toco la chaqueta, no quedan cigarrillos, y las monedas que guardo serán destinadas a otro asunto.

De pronto, suena mi teléfono. Sí, es él, Domingo, y le contesto agitado, pensando en cómo, gentilmente, puedo rechazar aquel viaje a Noruega. “No sirvo para embarcarme en esas aguas, y sé que conoceré gente, pero mi lugar es aquí”. Termino la conversación, algo forzado por la todavía insistencia de mi amigo porque, de verdad, hay un hombre observándome en plena plaza a oscuras.

Cruzo el puente colgante, y fugaz como un rayo mi semblante reconoce un arbusto, ahora crecido, de una ocasión, cuando por 7 euros, mi rostro se inmortalizó a carbón en una amarillenta hoja. Ahí pequeño estaba, con la misma cara y los zapatos brillosos.

Casi al llegar a la pensión, veo y me enternezco por Natassia, quien se apiadó de un perro que estaba detrás de la reja de su viejo negocio, de manera agradecida, por haber recibido un pan fresco.

El auto estacionado detrás del grifo, vestido de un azul opacado al extremo, se mostraba perfecto encima de las piedras cuadradas por debajo de la rúa. Si me detengo a pensar, no recuerdo cuándo la ciudad se llenó de vehículos, aunque la carreta seguía siendo popular en una  zona rústica con cierto aire clásico.

¿Qué estoy haciendo? Son las 4:05 A.M. Los ventanales cerrados, la vecindad durmiendo, cada cosa en su lugar… ¿qué hago en medio de la neblina? Pregunto, mirando al cielo.

Todo se interrumpe para cuando unos sollozos imperiosos golpean mis oídos. “No puede ser… finalmente, se atrevió”. Corro hasta el señuelo chillón, y no puedo creerlo: Carl, el carnicero, había abandonado a su pequeño ayudante de 9 años, aislándolo, incluso, de la nieve que caía recién. Ante tal drama, no tengo otra opción que abrazarlo.

Y mientras los focos de las farolas crean destellos, resumo que debo adoptar al muchacho, no merece un destino así, está solo en el mundo. Y para procurar que seré un buen tutor, llamo a la empresa de donde me despidieron para convencer al guardia, mi socio y confidente, que elimine la carta de mi exescritorio y ya, casi a la hora siguiente, termino arrojando el frasco de veneno hacia lo más negro del paisaje.

Los momentos.


Siempre Arturo tuvo la fantasía de quedarse más de la cuenta en el paradero que estaba a metros del galpón. Miraba con decoro las luces que encendía el malabarista. Una a una, cada pelota le daba un varieté de fotografías atenuantes y, todo eso, sin simplificar magia. “Luz”, pensaba él, “luz que absorbe todo. Luz que no deja escurrir al pudor. Un destello que derrite la disnea después del trabajo. Luz y sonido, como letra y música, como poema y estrofa, como soliloquio y silbido, como camisa y corbata, como dinero y sexo… como llanto y locura, como copa y saliva, como sostén y bretel”.

En detalle con su observación, se relataban estas situaciones, súbitamente, sin medir el aliento que no lograban cortar los focos o dejar pasar el acústico desesperado y ajetreado de los autos.

La amarilla lo sacudía luego de captarlo en el jardín de la casa familiar, justo al frente de esas margaritas, donde los perros solían corretear conejos y ratones. Todo esto, seguramente, antes de escuchar lo frío que estaba el desayuno por boca de su madre y después de robar algunas de las galletas ocultas en el armario de Clara. Los rincones y malezas de los cerros debieron estar pavimentados producto de sus pasos aventureros, solo y en compañía de las mascotas, por supuesto. A tan corta edad, no había terreno fértil que le ganara a su instinto de conocer el mundo, ni sol aplastante y fatigante que cambiase algún objetivo paisajista.

La verde le recordaba al cuaderno de apuntes que escondía bajo su pupitre en el internado. Era su salvavidas y su confidente, por no decir su mejor amigo. Guardaba en sus hojas lo meramente importante, lo vital, lo extraordinario o lo que se le arrancara al esquema. En él, anotaba las figuras deambulantes del aula: aviones, gritos, aplausos, torpedos, papeles amuñados y cartas de amor. Arturo nunca habló de más, incluso, era muy callado y hermético aún cuando la consulta le era directa. Atraía la mirada odiosa de sus compañeros y los ojos plenos de sus compañeras. A las mujeres curiosas se les proyectaba un espejo cuando lo observaban. Sin embargo, hasta por lentes científicos, los taimados llegan a tener su espacio, así que, esas miradas eran suprimidas en los pensamientos escritos.

El rojo venía en el momento más intenso de su vista, el más atenuante de todo círculo gravitante, retrocediendo a su mediana edad, una vez en la ciudad y en caminos monocordes. Es decir, ¿qué más intenso que pasearse por las calles, recogiendo monedas? ¿Qué más sensacional que conocer una estrella cada jornada? La noche era así, no podía venir nadie de algún lado a cambiar la perspectiva o a arrebatarle el reinado a la expresión de libertinaje o a la poca dificultad de acumular conocidos. Así, él fue testigo de vampiros y cuchillos. Imborrables imágenes para un debutante veinteañero, hecho con la coraza real de la naturaleza. Por esos días pasaba hambre viendo la lluvia porque, con agua, miraba cómo crecían las raíces.

Luego de la vorágine que ocasionaba el rojo, llegaba la pasividad del azul. La desmedida propaganda a un circo lo llevó a un atajo directo a la carpa. De azul sacaba asombros Gloria, la trapecista, dueña de una plasticidad hecha a la experiencia. El traje fue lo que le atrajo la atención. La carpa proveía todo adminículo que necesitase en algún minuto, de forma clandestina. El joven crecía rápido, y el tiempo hizo lo suyo, mientras rozaban la pasión en la cama, dejando en ella las huellas del dictamen. El cielo y la tierra fueron el cobijo de Arturo para la vez en que el circo se marchó y de Gloria, ni el traje se le vio.

Durante su estancia en el paradero, el entorno le sugirió ver una esfera imaginaria. Una naranja, como el color del cabello de Lucero, la persona que lo esperaba para fusionarse en las sombras y la que logra centralizar el ciclo de colores. La mujer se ubicaba en la ventana, cubierta de una transparencia, achicando un cigarrillo. “Ven aquí”, le dice ella, “no pago por nada. Quiero probar tu fama”. Sin otro remedio, el muchacho guardó corazón y mente, para luego matarse junto a Lucero, en la ironía de su quehacer por membresía callejera y para ordenar su almohada ante la brutalidad.

Casi como era de costumbre en esa rutina y, en armonía dispar, quedaron en el velador: una carta con sangre, una argolla de matrimonio, efectivo constante y el recuerdo de la maldición de las esquinas capitalinas.

Imagine.


Hace unos días hubo una niña que, después de la común salida de clases, se situó con un perro a la orilla de la vereda. Ésta tenía la máxima intención de que el animal aprendiera las vocales. La niña se esforzaba y, quizás, el perro hacía su mejor intento por balbucear. Aquella expresión académica me hizo acordar a mis aspiraciones futuras, porque ¿cómo sería la vida si mirara desde las alturas de un profesor? ¿Hasta dónde llegarán las formas y artimañas de un pedagogo para hacer de su alumno un profesional único, conforme a las necesidades actuales?

La verdad de las cosas es que todo lo que uno se propone puede llegar a puerto. A lo mejor María no quiere reprobar a Rocky así como así. Le da la oportunidad a errar y reintentar, filosofías elementales de crecimiento del ser humano. Esfuerza sus energías convergidas desde una mañana de inglés y matemáticas tratando de intervenir en el aliento diario del cuadrúpedo. La inocencia de una persona que no deja caer sus brazos para poder atravesar una material muralla… ¿eso hace penetrable el obstáculo?

Muchas veces, como jóvenes (y por el simple hecho de ser jóvenes), nos dicen que nuestros sueños no tienen sentido, poco menos que nuestra realidad es objeto inadmisible en el techo contemporáneo (que por cierto, se hace más dificultoso de sostener). Las aspiraciones de personas que desean transformar el mundo mientras los grandes se lo devoran a mordiscos, ¡es injusto! Pero ¿Qué hay de malo en soñar? ¿Qué hay de malo en cerrar los ojos y calcular la métrica del crepúsculo que  derrite el barniz opaco de las paredes formales? Es lo bueno de esta etapa de vida: somos libres, y lo hacemos notar.

El escribir entabla un puente en mencionada travesía. Lo puro del aire cuando se toma el papel es concebible para el que tenga que decir algo. Una anécdota: un día estuve en Londres. Una neblina me tapó y sentí las manos heladas. Habían árboles con mensajes encriptados, descifrables por mi persona. Me gusta la neblina, y me gusta el frío; andar tapado y caminar junto a preocupaciones y alegrías. Cuando descubrí que todo retornaba a sus colores, se me vino una sola palabra, antes de volver al estresante sol estudiante: Imagine. Prometí volver a los árboles en el momento exacto en que lo introspectivo se vuelque en desbordante brutalidad.

Libre pensante; la interactividad de letras y significados promueve la vital fórmula. Sin pensamiento no somos nada, y andaríamos perdidos en un gran mundo; y sin libertad no existe razón de ser para el hombre, en todo orden de rutina. Si eso se lograra empalmar con la escritura fluida, se da paso a la libre expresión de forma ideológica, un tema que, a simple impresión suena complejo pero no es una formulación de otro planeta.

De libertad y pensamiento, temas en boca de todos, podríamos hablar mucho. Habiendo tantas movilizaciones podemos observar el rol fundamental de las redes sociales, aunque yo voy más allá: el descontento generalizado de un grupo que lucha protocolarmente para revertir determinadas decisiones, es decir, la gente, ávida de informaciones, se torna contraproducente en torno al dictamen de unos pocos. El poder de la palabra… también países o tendencias políticas de muchos sectores han fundado sus ideales en normas y manuales de instrucciones para imperios, humanistas y locos de remate. A la hora de hablar de letras, se acordonan muchos conceptos alternativos.

Volviendo al día a día, no creo que María logre recompensar a Rocky con una nota excelente. Sin embargo, su garra es el reflejo de que todo lo que esperamos del mundo, en algún rincón de tierra virgen e inerte, se pueden las cosas más maravillosas de todo el existencialismo. Revolver imaginación y realidad da origen a algo más que un oasis en pleno desierto. Puede ser, nuestro gran motivo.

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