Donde el encuentro y la casualidad chocan, felices, para vivir un nuevo acontecer

En el campo.


Rinaldo Hurtado completaba ya otra limpia escuadra verde en el barrido de su pujante campo, en lo invisible del mapa peruano, demostrando el ímpetu corajudo del trabajador bronceado. Un rastrillo oficiaba de mediador entre los subversivos predios y las sudadas manos de alguien matrimoniado humilde, con el hombro cubierto de sol y los pantalones suplicando el retiro. Aprendiz de su padre, laborioso en momentos de urgente ayuda, macho de pocas ansias materialistas. Rinaldo Hurtado, casado, sin hijos, cincuenta y tres años al reflejar del espejo y paramédico talentoso de la naturaleza. Lleno de escasas sorpresas y desconfiado de los gorros extranjeros. Descifrador incansable de los políticos de la zona y comerciante experimentado. Prueba viviente de que el clima no es causal de faltar a sus labores, a su empleo independiente. Gallardo e intuitivo, todo eso y más era Rinaldo y sin embargo, esas canas que a muchos gustaban no estaban en armonía.

Un día, tomándole el pulso a la siembra de papas, mientras la cabra no paraba de reírse, observaba cauteloso a su vecino, don Enrique Cruzado. Amigo de su padre, estos fueron compañeros de escuela y de suertudas, desgraciadas, afortunadas y espontáneas hazañas. De pronto millonario, casi por obra del mismísimo Diablo, haciendo de la leyenda de la sombra debajo del manzano un relato válido, aún para escépticos. Lo cierto es que, poco a poco, se empezó a encariñar con Adela de Hurtado, cuando el hombre arriaba a los animales y don Enrique, ya viejo, les legó la tierra regada a sus nietos y el tiempo lo administraba en pos al descanso.

Del tamaño de una brisa en la loma era la duda e iba creciendo paulatinamente. Por la primavera y el azar de la distancia dada por el ciruelo, sombrilla del gallinero, Rinaldo simplemente no aguantó más. Ya estaba cansado de la situación y le empezaba a aburrir la burlona actitud de la cabra. Pero seguía siendo astuto, sobretodo en tiempos de ascuas, y esa noche llevaría un plan a ejecución. Coincidía que su mujer le cobraría unas deudas al vecino. Ella iría como a las ocho y media de la noche, después de la cena. Mientras, el mercurio de su paciencia seguía al alza pero debía de esperar como fuera las horas siguientes.

Pasó la primera fase y con ello avanzaba la arena de lo primitivo. Acabada la comida él, siempre memorión, sacó un polvoriento disfraz de vaca y se lo probó sin perder segundos. Ya la esposa estaba fuera de las tablas de su casa, de seguro, caminando por la pradera, admirando a las estrellas, las únicas que la protegían de lo inestable de la tierra, de esos túneles hechos por perros y arañas. En los terrenos tan generosos, pensó Rinaldo, abotonándose su nueva apariencia, no sería extraño ver a una ternera con antojos de aventura nocturna. Y se fue hacia la oscuridad, donde de vez en vez se retocaba las cuerdas vocales, mugiéndole a las piedras.

La cuesta arriba por el recorrido le significó más de un quejido por su espalda y extrañaba el bipedalismo que dejó al lado de la estufa. El compromiso de averiguar la verdad se convertía en el combustible de todo este aparataje. Continuaba, manchando su lomo con dolor, dolor pasional, dolor celoso, mal nombrado dolor de amor.

Humo negro evacuaba de la chimenea de la casa destino. Luces encendidas a distancia, con las ventanas acuarteladas. Rinaldo acostumbraba musitar sus ideas, y en esta ocasión no era la excepción. Mascullaba en qué diría, y si sus sospechas ciertas se veían, qué seguir diciendo. Más, como buen hombre, sin titubeos cruzó la puerta y ahí estaba su señora, como presa sobre un cuero viejo; ella con ojos de cerdito indefenso y él como caballo recién jalado. Entonces Rinaldo despegó un mugido,  a su mujer le dio hipo y al sonriente vecino un relincho final de gozo.

¡Qué escena! Los tres se encontraban dentro de un corral de sorpresas. Adela tironeaba su ropa del suelo, como cuando las gallinas allanan lombrices, don Enrique de purasangre pasó a demente zarigüeya y el admirado Rinaldo ya solo pedía no ser más bovino. Explicaciones para qué, si uno miraba ganso y la otra ni con dos metros de excavación podía esconderse cual ratona con repertorio. Al remate, la cobradora de dinero con el pellejo arrugado, ni con agua pulcra se le quitaba el espanto, don Jubilado con sus bigotes se tapó su hocico y el pobre trabajador, luego de los cuernos, salió por la fuerza, con una dosis excelsa de infidelidad, chillando como una vaca loca.


Tribunales de justicia.



«Valparaíso, mayo del día 16 de 1852. Francisco D’Petit Altamirano, acusado del deceso de cuatro hombres en las cercanías de la Hostería Central de Linares, será ejecutado a las tres y media de la tarde en la plaza pública. Su madre y familiares se harán del cuerpo. La razón se ha tomado producto de la brutal evidencia de muerte que muestran los cadáveres.» Reseña actual del periódico El Mercurio, y Manuel Dominguez sabía que el matutino estaba equivocado. Como abogado, destapar el mal coagular que haría el Gobierno sería de plena obligación, y recordó que en el Hospital del Maule había un ciego desahuciado, clave en el puzle. En marcha puso a su caballo y a su carreta, corriendo ya.

Un hospital casi ya en regular situación, luego de albergar a unos cuantos chilenos por un terremoto en tiempos anteriores. Su credencial de servicio a la patria le sirvió como acceso a Dominguez al interior del blanco estandarte. De acuerdo a investigaciones previas, a contrapresión, buscaba a un hombre llamado Jorge Ugarte, un sujeto con un mal estomacal, dada su pasión al vino. De avanzada edad, sus dichos debían ser inscritos en un libro y su resumen en un exergo. Movía su mandíbula con dificultad pero el letrado debía afinar el oído y crear con esas palabras un manifiesto. Ugarte y sus pocos dientes hablaron.

“Yo vi que Francisco retaba a esos hombres, le debían dinero. Usted sabe… él es de los malos, me pagó para silenciarme porque de todos modos sabía que lo culparían. Usted busca a un tal Molina, pero ese futre ya está bajo tierra, oiga.

Yo vivía en la Hostería, sano. Altamirano, como amenaza, me arrancó la vista con su cuchillo y la echó al río. Con el dinero del silencio le pagué a una enfermera para… mire, aquí está la prueba… se lo regalo, le regalo mi ojo.

Ellos antes de morir firmaron un pacto. Decían que iban a instalar textiles en el pueblo y borrarían del mapa a Francisco. Ese papel debe tenerlo Mirina, la mucama. Búsquela, ella debe saber más”.

El defensor estaba lacerado con los dichos. Detuvo su pluma escritora y quedó mirando al hombre, y éste dio su última vocería.

“Dominguez… yo a usted lo conozco… sé que el padre de Altamirano le quitó la fortuna a su padre. Si yo fuera usted, dejaría así el caso, por venganza”.
Ignorando por completo eso como punto final el letrado nuevamente puso en marcha su caballo y su carreta, corriendo ya.

En el lugar de los hechos, a meses de lo ocurrido, ahí estaba Mirina trabajando. La citó y ella cayó en miedo. Si figura como postal secreta en los arrabales es que aún debe tener el libelo. Y en efecto, ella se los entregó con un seco “no sabe lo que hace, pero yo ya no me voy a ensuciar las manos.” Con o sin mohatra, él debía continuar.

Luego de que se derritiera la imagen de esa fea mujer, de camino por el polvo y las piedras por encima de la carreta un pensamiento fugaz se alojó en su cerebro adoctrinado. Archivaba un expediente dispuesto a librar a alguien, a un sujeto déspota, pero inocente. A su alrededor las boticas y los mercados estaban plagados de vacio penetrado, porque un espectáculo era sinónimo el asesinato de un hombre. El despojo de Altamirano no debía de ser recibido por la familia, no lo merece, más si fue por sentencia arbitraria en un estúpido tribunal. Ya lo imaginaba: un juez conveniente en un insacular de incomprensión, mientras aplaudían la ignorancia.

La mesurada abogacía chilena ha hablado y los minutos se sirven cada vez más breves. Lo que importa es que Dominguez le sacará la muerte a Altamirano… por un momento, porque esa carreta aún sigue corriendo y su caballo y su notaría es todavía fiel a las siempre ambiciones de un legado.

Chelín y la carta encumbrada.



Verdad era que estaba lloviendo. Verdad era que hacía bien su trabajo de cartero. Chelín tenía la boina empapada y todavía inspiraba con energías a pesar de comer moscas. Su jefe deberá creerle que, cuando iba a entregar correspondencia, una ráfaga le dio alas a un sobre y este, al pasar los segundos y por los llantos del cielo, se diseminó por las calles. La sábana de las letras se negaba a morir eso sí, dando chance a que el niño mensajero leyera inocente una historia hornada.

«Amado Hugo:
He recorrido todas las postales de Buenos Aires con tal de posar mis labios sobre tu pecho  y ya no me quedan estampillas a la sombra del alba. He rociado ya los girasoles con mermelada de maní para que una ciudad entera me ayude a amar. Te extraño, tanto como el secreto aroma de tu anillo y el cariño prometido un jueves, a las orillas de un mundo dormido. No hagas como el traicionero de antaño, y vuelve: mis compases se tornan ciegos sin ti.
Sofía.»

Chelín, con chubascos en su rostro, se prestó a la banca de la plaza mirando a su lado a una mujer con un paraguas global. Esos  dedos de repartidor hacían oro del papel y los cordones de su hombría eran rebeldes larguiruchos viejos. Se declaraba incompetente ante lo desconocido. Teniendo el horizonte como muestrario buscó sincronía con la mujer del paraguas, y le comentó que se sentía mal por destruir un sueño en depósito. “Joven, no dejes que naveguen los sueños por el umbral. Si quieres, puedes cambiar el final.”

Con la visera de su gorra en la vista del raudal, a los rincones de la calzada, el muchacho le hizo una tregua al momento y este respondió con un arcoíris en las alturas, símbolo de alianza. Pronto, motivado por la misión del relato, unificó las puntas de la misiva, mojándolas con el humor de las ventanas abiertas, elevando el mensaje al cielo, empinándose sobre la cresta de ese deseo femenino, jubiloso, con un anhelo aguardando respirar.

Y así, en avión se saludaban las letras, gracias a Chelín. Iban juntitas, iban sujetándose sus calzones en reglones. Miraban la periferia cantando aterrizaje, alegres por el asombro de una nube original. Las que podían abrazaban el contorno de una hoja mientras las más grandes secaban sus vestidos con el soplar diario. Rayos y plumas pareciera guiar su trayecto y las estrellas, con pañuelos de mayordomos, alentaba educación al dar la bienvenida y les señalaba el futuro danzando en la leche de la luna. Instantes en que la voz mascullaba insípida una crema les cepillaba el ánimo, cada vez que desmigajaban el calendario. Volaron y volaron, siendo fogatas en sus ombligos, por la gota naufraga de una lágrima, durante treinta años, por alabados tiempos fuera de cronograma, y aún se sentían jóvenes recién lustradas. Hasta que una barraca les hizo vomitar una turbulencia, propia de un periplo como este, encontrándose con otra nave, de aerolínea alta, con un mensaje claro:

«Sofía mía:
Perdido estoy. Me desayuno en un monte empinado adverso, tratando de aplastar al panal de la rutina. Una desgracia cayó a mí, como epidemia y tuve que errar en un tren dejando mi piel en esa ciudad de luces. En mi cama resuenan tus pies de nieve, aligerados cuando tu informe ya no te escondía. Quiero que sepas que puedes llamarme, que estoy en oficina, que con mi padre nos mudamos por un capricho. Explícale al guardia de mi prisión que mi destino era acampar en tu vientre, explícale a mi vigía que llevas el otro pedazo de mi huella y además… explícale al sistema que yo te amo.
Totalmente íntegro, Hugo.»




Zulubám.



Eran curiosos mirando el final de la Cordillera de los Andes durante el recorte de una fila para ser parte de una visita en clase turista. Dentro del perímetro se contaban no más de treinta personas y excedían con esto la anchura de un día normal. Se emprendía el viaje ya y, por sobre todos, un explorador resultó ser el más impaciente. Al paso, un guía se clavaba principal en el andar y acompañado de un copiloto en relatos, que iba asegurando los espacios, empezaban así las excavaciones de un mundillo blanco, de pigmeos vírgenes, de esculturas hechas por el sol. No fotografías, no tocar en demasía, no botar basura. Las imponentes murallas lustraban su escudo como un museo ocasional, en símbolos de envoltura.

“En las raíces de estas fogatas”, señalaba uno, “tuvieron su asentamiento una tribu llamada a sí mismos los Zulubám y su destino se vio reflejado, al igual que sus ancestros, a la emigración a estos picos helados con tal de buscar la paz y el equilibrio, como así lo dicen las pinturas en cuevas por acá cerca.” El relato parecía extenso pero el explorador anotaba imperturbable lo que volaba de las bocas hablantes y la libreta brillaba abundante en temas similares. Empezó con una introducción: lástima que nadie archivara en bibliotecas el material acá expuesto. De igual forma, es extraño que nadie de los grandes profesores asomara un lente por este lugar. “Síganme y verán, por este pasadizo, la vestimenta típica y la utilería”, continuaba el conductor. Los pollitos, sin cobijar el desapego ante esos rieles congelados, no dudaban en mover sus pies cuando ya dejaban atrás burbujas de esa tribu exótica; retoques, fracciones de rostros e insólitos cuerpos en muestrarios, con el pasar de los niveles, un tanto terroríficos. Y todos caminaban en par, con miedo, salvo el aventurero porque unas plumas trisaban todo argumento. Al tocarlas, al palparlas en examen, su adrenalina aumentó furiosa y por un túnel se sintió derribar pronto, hacia el abismo que nadie imaginó.

Abrumado por sujetar el vacio el fin comenzó y abajo se encontraba el agua en esplendor, que cobró la mitad de la batería del desobediente curioso. Éste, que solo se arrimó a un témpano con la similar suavidad de una trompeta al eco yacía, al parecer, en el olvido de un sueño por profesión. Lo gélido de la embarcación lo llevó hasta unos manchones violentos, poderosos en colores y llamativos en extremo, ubicados bajo un prisma y una inscripción: “cuenta la leyenda que cayó el sabio en duda por efecto de la pluma, al notar el señuelo del baile Zulubám. Los niños cargan la carne fresca mascada por el anzuelo en dicha, a lo lejano de la aldea, cuando las ancianas habitan en comunión y el astro no nos quema soledad. En gratitud, nuestra caza del día será en tu honor.” Leído esto, y acabado en silencio el pensamiento veloz del accidentado expedicionario, un sonoro gutural nervioso y un movimiento ligero en sus dedos vinieron, mientras a su espalda dos hombres lo vigilaban, oscuramente etéreos, para regalarle otro sagaz descubrimiento.

Sin darse cuenta ya estaba amarrado, algo aturdido por unos golpes en blandas regiones. Luego escuchó el rugir del acertijo, revelando así la trampa de un negocio en ascenso. Al ver la preparación del dúo, en una especie de danza con salsa de ceremonia, recordó el párrafo vago de un tríptico. «Fueron generaciones en evolución, con latente sed de supervivencia, donde la ley del más fuerte se aperaba a manera de broche superior.» Al verse imposible de registrar eso en su cuaderno y usando su memoria en flotador, sintió lástima por el próximo inocente. Ya aguardando el desmembramiento de una historia que nunca existió esperó la estocada con su chapa de título universitario en su pecho y, ante sus ojos, los verdaderos Zulubám: como él y como otro, una ilusión dibujada que cobra vida de maneras insospechadas.





Maratón.


Un empujón vivaz hizo que mi padre muriera en el azar de una bala con olor a población, y yo no hice nada porque a mí me estaban arrancando de los bordes uterinos. En ese instante el soplo de urgencia pública en un hospital se coló en los oídos de una mujer y ella lloraba hasta quedarse sin aire. Cuenta mi hermana, testigo de todo, que me apartaron de esa mujer y me vistieron, y a la hora en que su regazo expelía calor maternal supe que mi nacimiento era ocasión de reflexión con alegría forzada. Confío que ese hombre amó a mi madre, tanto como para brillar silente en un nefasto plan de deuda callejera.

Desde la inconsciencia que resumo mis noches con calcetas de deportista, en coloquios de corridas con metas abstractas. Supongo que así es la vida.

Veía mis piernas más acostumbradas a estos pasos con el transcurso de los metros. Me cantaron palabras y dibujos, con recortes y alicientes naturales como orquesta. No recuerdo el centímetro justo de cuando pasó, pero me vistieron de colegial y se me anudó el uniforme al cuerpo por toda una temporada juvenil.

Desde la amoralidad que hablo de galopar por distancias tan extensas que la humanidad no divisa siquiera cuál es el final del viaje.

Como si ya estuviera normado me saqué la cotona y la corbata de estudiante, dejándome el pelo largo. Ahí mis zapatillas hablaron. Fue mi real conjugación de trabajo y equipaje de aprendiz porque la universidad me abría una vidriera y entre tiempos vacilantes dinero debía generar. A malabares se proyectaba la filosofía indescifrable que los profesores desenredaban en sus pizarras y con delgadez afronté ese favor que uno se hace al educarse.

Lophophora me seguía de cerca en esos trotes. Su contoneo se extremó y llamó mi curiosidad invadida de sirenas. Ahora no tan solo usaba mis pies, ahora podía volar y aseguro que el descubrir esta nueva habilidad me ayudó a poder elevarme más en el transcurso del recorrido luego de que dos manos dejaran de posar sobre mi espalda. Con drogas en los bolsillos, erradiqué a los psicólogos y los naipes se reordenaron. En cuadros mi madre partía al otro mundo mientras yo usaba mis sentidos como un juguete.

Paralelamente completaba los minutos en algo pasional. Las llamas monstruosas no atormentaron a mi aliento de servicio. Rescaté con mi cuerpo de bombero a muchas personas, lo confieso. Las venas dejaron de ser sensibles a los termómetros pero mi corazón cumplía ese sueño de héroe. Tres años ahí, aprendiendo lo que un hombre desafortunado no alcanzó a resumirme en el momento que, desde las alturas de los consejos, se divisan a mamá y a papá. Destacarte un incendio en particular, ¿quién crees que soy?

Entendí más tarde que volar me cansaba, me robaba las fuerzas. Dejar lo sobrenatural tocando así la tierra firme, yo me sentí caminando sobre una tabla. Creí que caería pero también pesaba lo grave que sería seguir masticando lo ilegal. En neblina, sorprendiéndome con creces, una chica amable me mostró su idea bañada en novedad, ilustrándome el futuro con dedos de confianza y voz de cuartel: que debía cumplir la meta, que emprendíamos un proyecto pionero y que, en la travesía, lo pasaríamos bien. Así por diez años conversé con las cuerdas vocales de un adulto tedioso y distendido, ganando cheques canjeables a favor de un bienestar perpetuo y sano.

En pasantía empresarial choqué con el amor, y fue eso algo pasajero, sin muchos detalles que quisiera recordar. Destaco más a mis amigos en esta fase.

Entonces estamos solos, alma mía, los amigos trabajan y ya saludé a todos mis conocidos en algún punto de la ruta. Aquí podría contarte que a veces llovía y complicaba incluso el acelerarse para encontrar refugio y ya, casi al término, comprendí que los arcoíris se arman una vez pasada la tempestad. En plenitud con el sol respiro los frutos de mi nombre y descubro la fatiga rápida en este maratón. Los ánimos se desnutren y se me desploma la piel. Los ojos de los demás son tan hermosos, en verdad. Te suelto ya las rodillas y le entrego mi sudor al cemento. ¿Lo ves? Muero a corta edad, sin protestar, y lo sabe el mundo, aunque sigo corriendo y asombra que mis camaradas me carguen animosos, hasta donde yo sé, a un paraje donde mis huellas serán más livianas, hacia otras calles, donde el poeta de los epitafios enmarca noble “besando las flores de su silueta, mientras corría, fue sembrador en los espacios incompetentes de los relojes estrictos de la vida. Descansa en paz.”



Un mundo color Da Vinci.



Por encima de la aureola de la estatua corrían luces sin atropello, todas de un corazón sonriente. Abajo, en la vida, caramelos aplaudiendo al artista feliz. A un costado una dama llorando poesía junto a dos gatos que se acompañaban tomando leche. Malabares, deseos y hasta un mono soplando un remolino se alistaban. Mucha gente, y aún así no se caía la plaza. Cerca de la emoción de una pileta y vestida en madera, estaba la mecánica impecable calentando palomitas de maíz. Es 1840 dicen los labios rojos de tanto brillo, pero también es Robert, saltando de emoción por aquella mecánica. Y es en estas piedras donde se empieza a escribir el relato.

Robert soñaba en demasía jugueteando con una masa que solo el poder entendía. Al polvo, un manuscrito cuenta que una caja musical le coqueteó mientras una manivela inundaba sus oídos con chorros de Frère Jacques. Esos dientes chocando vértebras de metal, afinadas y dramáticas, amortiguaban en esponjas los sueños de un niño. Descubrió así la tentación de silbarle a lo épico: a Roma y a su Coliseo, a Grecia y sus órdenes, a China y su Gran Muralla. Con una boina que lo lucía ergotista pronto se convirtió en un profeta callejero, en el mayordomo de los aires venideros. El colegio, como a todos los demás, le parecía un lugar normal aunque, en la oscuridad era donde ubicaba su alegría infante, al lado de los meridianos del planeta. El muchacho de forma rebelde terminaba al amanecer siempre, pareando sus ideas con los cartuchos de la era industrial.

Las barbas de las alturas recibían el humo del carnaval ardiente, en la amplia rotonda. Una señora con pasteles se alzó en la historia. Una armonía envuelta en un canal y la estatua se volvía más amarilla a costumbre francesa. Robert con sus grandes manos anhelaba separar a los pueblerinos del artilugio para tener una charla con el secreto de su fuego. Veía cómo se alumbraban esas crujientes ánimas. Blancas, explosivas, ellas cabalgaban en nacimiento y emergían de un amplio pasillo, deslizándose libre por el atajo de azúcares y estacionando luego su cuerpo en alguna región de alguna compañera, en una bolsita de humildad. En tanto, por otros espacios aislados, había una mujer que colgaba la ropa y una de sus hijas juró ver un ratoncito entre las galas de un callejón, pero nada importaba. Aquí era infeliz solo el pobre del alma porque… viajaron los laureados roedores a través de surcos rumoreados y se hicieron de un banquillo oculto en las fauces de la rúa. ¿Alguien haría algo contra eso? ¿Había alguien que no gozara de los placeres estrellados? ¿Había alguien que no tuviera en su rostro una medialuna? ¿Había alguien?

Con el paraguas de los aplausos colectivos, dejando todo atrás, nuestro pequeño amigo se marchó a su destellante habitación a ofrecer su práctica a los planos que ilustró inspirado en el horno maderero. A su paso la noche lo cubría. Entre cálculos y grafito se volcaron tuercas con memoria y cadenas diablas. Buceó en todos los mensajes de un relato hecho sangre, porque así miraban los obreros el horizonte y Robert lo sabía. Sin embrago, en hipnosis estaba por los avances y el descubrimiento. Recogió con guantes la vida de muchos y transó más de un bostezo con tal de invocar más centímetros a su flamante talento imaginativo. Su quijada crecía abundante mientras un tumor lleno de ambición alargaba sus ojos. Ya luego se entrometían engranajes puros. Imaginó que funcionaría, imaginó que sería dueño de su propio relámpago. Con presteza despedazó un arcoíris, abotonándose de este modo a la egocéntrica innovación en su cintura de niño. Con lentes racionó combustible en los bolsillos de un armatoste gigante, tan grande que lo superaba a él solo si este se decidiera sacarse los botines que usaba. Aumentaban los nervios. Y cuando creyó estar listo, cuando de verdad creyó estar listo, inició la autómata aventura de realizar una puesta en marcha, robándole la inactividad para así reír triunfado, pero nada supo reaccionar, y los hilos se tensaron en las manos del genio. Todo en vano, un montón de chatarra bien equilibrada, bien adornada, qué lamentable, aunque… de pronto, se empezó a mover. Vibraba, se le retorcían las cadenas, el aceite lubricado se le subía al metal. Tiritaba completo y Robert solo miraba, sin saber qué mover, confiado ya en que caía desde lo alto junto a su esfuerzo. Mientras las nubes veía, por el solo miedo al fracaso cerró su vista y resguardó sus anteojos a tiempo de la explosión. Una idea completa, con miembros arrancando golilla a golilla. Batallando entre el polvo aireado, Robert notó que nada quedó de aquel sudor y miró con diferenciada óptica lo increíble: una pequeña semilla plantada en un recipiente ferroso. A su asombro, convocado a su naturalidad, el muchacho ahí supo que tenía un nuevo y mejor hallazgo porque,  rompiendo el vidrio alabado del futuro, ahora él halló en la tierra esa belleza de un buen sorbo, eso que nunca los aparatos le supieron dar, y que en fiel piel siempre buscó hasta la avaricia.

Jornada.



En pleno sol encaramado en las espaldas de las rutinas miré el reloj, descubriendo que ya era hora de cargar mis engranajes. Suplicante con el destino, con mi bolso repleto de coros trabé el andar de la gente, los desvié por mi apuro, mi desespero por alzarme en mi silla, esta vez no antihorariamente, combatiéndole ya al lumbago, la gran secuela del sueldo. Es aquí donde creo, comienza el sueño.

Deteniéndome para violar el capital de los bolsillos, una mano respiró el dinero que allí descansaba, liberando de los marrones lo justo y único que moraba, siendo esta la agotable paga de las ruedas. Habiendo ya subido a un colectivo, solo las líneas de la calle serían mi recuerdo y compañía distractora, en orden de juguete. En tanto, el chofer me mira y yo saludo a una vieja amiga que está por sobre las cabezas.

El auto se mueve con regular prontitud, como si una promesa buscara cobrar. Por el recorrido veo niños esquivando las costillas de una cuerda y en la vereda a ancianos aceitando al ignorado paso otoñal. Los pliegues del aire se intrometen en mi nariz, rememorando las alergías tan comunes mías, haciendo del estornudo una amenaza a dos metros de un semáforo. Sin embargo, no ocurre nada en el acto y el viaje continúa. El del volante sigue improvisando tranquilidad ante un latente estornudo en lluvia cuando el rojo tiñe una advertencia en los reflejos de ese temoroso y mientras hace un ademán por cerrar su ventanilla, se apresta a hablarme.

-          Cuénteme de ella, ¿cómo es? ¿Cuántos años tiene? ¿Dónde está ahora?

Quedo perplejo, inmóvil como mi camisa con rutina pegoteada. El singular estilo moderno del motor continuó con su andar, sin que una bujía se impresionase por los dichos del siempre amable hombre. Dejo de prestar interés en el ímpetu de una dama que alimenta malváceas en su orilla, porque el eco de esas preguntas disparan recargadas dudas con interrogantes terribles.

-          ¿Sobre quién quiere que le cuente?

-          Su esposa pues. Yo hermano, ya lo sé todo.

Siempre debe haber alguien que te sacuda lo pesado del agua, por más que uno crea que esto sea imposible, me dijeron un día. Es el momento preciso para decir “es extraño que yo sea puntual en mi andar por la calle. Arriesgo mucho al confiarle mis dramas aunque él ya lo sabe”. De reojo se me nublaba el seguro de la puerta más próxima. Será este un relato de taxi.

-          Ella cayó en hospital. Su turno de trabajo la hizo demorar prudente a su regreso a casa pero mi espera fue una bocanada pálida al saber que tuvo un accidente. Por estos mismos pavimentos, hace cinco meses, mi corazón lloraba. La veía acostada y le aplicaba anestesia cuando la policía se aproximaba.“Ya amor, ya pasará, vamos en camino. Resiste. Sé fuerte”.

-          ¿Y usted es fuerte? No lo noto bien… son muchos los problemas. Hágale caso a Dios, dejé en Su escritorio los problemas.

Algo más que mis cinco sentidos trataban de encontrar un punto cero en todo este gráfico emocional, fluido por los consejos. Usted no sabe que mi esposa necesita un transplante. Usted no  sabe que necesito dinero para mantenerla con vida. Usted no sabe que hoy yo soy solo un payaso desanimado.

-          Dios obra, y Él me dijo que tenía que subir a este colectivo.

Mis ánimos se tensan. No entiendo nada. Un chismoso de otro auto le debe haber contado el drama. Este tipo sin duda es un charlatán. Sin embargo, yo aquí no hablo con nadie…

-          Ya estamos cerca de su trabajo. ¿Me creería que hace veinte minutos estábamos en un semáforo en rojo?

Se acaba el puente, y bajarme toca, para seguir el protocolo. ¿Y este hombre quién es? La confusión escala y no hay tiempo para nuevos amigos. La vida es, y debo seguir caminando. ¿Y si me canso? ¿O si ya me cansé y estoy floreciendo en somníferos?

Lo único claro es que me quedan dos cuadras hacia otra jornada.

El rito.




En mi interior, debajo de mi sudor, mi alma gritaba por templanza. Podía verme en tercera persona, cual desdoblamiento, con mis ojos irritados, rojizos. Podía sentir la caída, la fatiga de mis emociones, ese deseo de ser tomado en sábanas y llevado al templo, cuando suspiraba por todos los alientos reinantes. Estábamos tu y yo dentro de un pub, a considerable distancia, en medio de canciones de efecto tobogán. Traías el cabello largo, suelto, ondulado en las puntas. Pedías la ayuda de tus amigos para sujetar tu bufanda, mientras tu escote respondió con el sutil aroma de una caricia femenina. Cruzabas más tarde las mesas en busca del baño y regresaste por tu bolso, ahí descubrí que no podías alejarte de tu identidad. Retomaste el andar con esas botas altas. Te hacías paso, y un volátil zorro con dedos silentes supo tocarte sin dejar evidencia clara, oliendo con nariz de violador los rumores de tu espalda. Yo a esa hora ya veía como el viernes se arrancaba de mi cabeza, trayendo así la paz momentánea de un descanso, en cada estallido de las tapas de las cervezas.

“Hola… disculpa, ¿tienes cigarros?”, y como si hubiera estado en las nubes, me aterrizaste. Me extrañé verte montada a mi lado, si te vigilaba sin vacilar. “Tengo aquí cigarros”, mencioné, y cogí los que estaban en la mesa, los de un amigo. Él me miró con cara de ganador, con esa cara que pone siempre cuando hay victoria en sus apuestas siniestras. Esa mirada, finalmente, se convirtió en la firmeza pulcra que sostuvo el metal de mi cinturón.

Pronto nos despegamos de las personas, aislándolos dulces por los laberintos del local. Nuestras manos surcaban los ambientes, salteaban los estados, entre carteras y mochilas uno se producía el camino. En tanto, el calor subía, las bebidas se extinguían, el humo causaba risa y la gente empezaba a soñar.

Bajamos unas escaleras, guiados por una luminaria en altura. Creía que esa mujer sí me haría desconocer aquel viernes crudo, confiaba en sus secretos coquetos. Buscamos un pedazo de oscuridad, a un costado del rincón donde reposaban los pañuelos de los guardias. Un sexy cuadrado, un retazo de olvido en el espacio de unos escalones sonoros, una orilla íntima con colmillos botados en el suelo. ¿Sería que fumar ahí podría hincar la idea de una noche activa?

Si bien mis aspiraciones se disparaban, nunca esperé un balazo hiriente. En el momento que íbamos animados, con los labios húmedos, descubrí que había otro más adentro, esperando cierto resquicio de gozo. Yo ahí… o instalaba bien la escenografía, o salía corriendo, algo desgarrado, exponiéndome al mundo. Ante eso, solo el sexo terminó por apagar el abismo.

Y mi cuerpo se descarnaba, se estiraban mis venas, se extremaban mis tensores, mis oídos sangraban por los gemidos de ellos. Veía todo como si ella fuera una ludópata ágil. Mis ramas se quebraban, mis dioses me abandonaban, y debió haberlo notado, porque me ofreció marihuana, algo que debía aceptar. A mi agonía, a mis súplicas, a la mirada de aquel joven y de la muchacha maldita, sentí arrodillarme en la arena. Empiezo a aullar, mis alaridos de grandeza me hacen héroe el final del viaje. Tus piernas ronroneaban, tu cintura era región de deseo, tu pelo ondulado se debatía turista entre tus pechos y mi frente. Explorabas mis brazos, nadabas en mi excitación descalibrada, en mi erotismo horizontal. Minutos largos jugueteando con el fuego, de combatir en los relieves carnales, así pronto acaba este carrusel. En un tono elevado subiste el cierre de mi pantalón, terminando así el acto de esencias. Sinónimo de tu sonrisa esta vez, me quedaste mirando y me dijiste “oye, esto es solo… el rito”.

Con pájaros en la azotea.


Ya no estaban listos para asistir a la hora pauteada. Mamá hablaba sobradamente por el teléfono, no sabiendo de la existencia del tiempo, mientras papá se impresionaba del brinco que dio un botón de su camisa. Melissa, la hija mayor, exclamaba enfado por no tener un peinado a su gusto y, por otros rincones, Fabiola correteaba de un lado a otro porque, a sus cuatro años y en medio de confusión, ¿qué más haría? Luces encendidas por motivos despreocupados, como si estuvieran alardeando de sus arcas, o gritos que viajaban por los pasillos, de eso se trataba la bienvenida de la noche.

El motivo del desorden era ocasionado por el matrimonio de un viejo compadre. Emmanuel resultaba ser alguien ya introducido en la selva hormonal madura, aunque su cuerpo ya no quería más casería afortunada. Sus sentidos rogaban estabilidad, dentro de lo posible, con el amparo del querer cortés de una época lejana, dispersa en el recuerdo. Y con la suerte propia de este hombre, consiguió a la mujer idónea para reabrir esa holgada chaqueta de galantería innata suya.

En aquel globo de la histeria, suena la blackberry del titular de la casa. “Vaya, no puede ser. Se rompe la tradición de esta forma. Debemos irnos ya”, menciona, en el momento justo cuando mamá hace su ingreso a la recamara y es informada de la frescura del twitter de su marido. Esta mastica la noticia y remata diciendo “con mayor razón Iván, debemos partir. No en todos los casorios la mujer llega primero a la iglesia”. Así, con ese paraguas, corrieron hasta la camioneta, rogando por ser receptores de las primeras palabras del sacerdote. Mientras el portón se abría automático, algo esperaba bajo las pieles de los arbustos, preparándose para deshacer su mutada imagen con el ancho patio.

Dos diminutos seres se desprenden desde el suelo, desde su escondite polarizado. Ya saborean el estofado que encontrarían si el trabajo deriva en éxito. Sus cabezas se arrancan de la comodidad para, nuevamente, fraccionar las ideas allí amarradas, su plan calculado hasta el desborde era sinónimo de factura alegre. Sin necesidad de besar sus pies, se arrimaron al techo de la casa, tratando de aterrizar como arañas, sin descuidar a los protegidos cañones principales, sin tildar la atención de guardias y vecinos, demostrando esta vez no ser novatos en el oficio.

Una vez inmersos en el ombligo de la parcela, ya sentían el cosquilleo de las dramaturgias futuras: ellos mismos flotando dentro de las postales silenciosas del planeta, camuflados en el gobierno engorroso del dinero. Jarrones o pinturas, por cuáles empezar. Las venas se les apuntalaban vivaces, pero el tiempo no era arena infinita.  En paralelo pensaban, de esta forma, “atrás quedan nuestras experiencias con piolet, aunque igual debemos de elevar lo más valioso al cielo.”

Recorriendo los pasajes, abriendo abismos, palpando el botín. Todo el frío consumido en la oscuridad, esperando la señal invisible de los propietarios, tenía el sentido y el sabor medido.

Ya habían acumulado todo lo que sus plumas podían asumir, pensando que la bandada estaría contenta en un encuentro próximo. Pero no contaban con un detalle, uno proporcional a su masacre laboriosa: escondido entre el patio, una puerta que insinuaba «no entrar» fue obviada, vulnerada. A la sorpresa de ambos, en su interior una boa constrictor dijo presente, y con su lengua ágil, debió haberles dicho que era el paladín del sector. Los asaltantes, rompiendo los códigos de seguridad del hogar, huyeron con tan solo ver su tamaño. Y fue el momento adecuado del jardinero somnoliento, cuidador en caso de ausencia de los patrones, para que diera un salto, simulando estar atento a lo ocurrido, escuchando gritos y aleteos varios. El florista solo cerró la puerta, la cadena de la serpiente, y se hizo con el teléfono, entregando datos a una prefectura cercana.

De los malosos, nada más se supo. No obstante, ganas de hincar nuevamente la madera de esa parcela ya no deben quedar, eso ya es hecho puntual.

Campeón batallante.



Nació, comió, vivió, recordó, murió... y cuando creía que lo tuvo todo, le colgaron una leyenda y una huella.



















Hubo.


Hubo un tiempo donde las vitrinas de los paisajes se entrometían en mis movimientos, y todo era traspasado por mi curioso andar. Ahí el tiempo, con su derrame lucero, actuaba lapidario. En horarios de buena ventura, bienvenida la junta de la sopa con el pan, la manta y la radio a pila; bienvenida la junta del calor de la leña y, a su lado, la familia.

Hubo un tiempo donde yo era pequeño, al igual que la caleta, y caminaba por la orilla situada de los pescadores anclados dibujando pompas en la arena. Un palo varado en los débiles pavimentos, cuan compañero sujeto al clima, simulaba ser más que accesorio en medio de la actividad dial.

Hubo un tiempo donde la gente se dormía tarde y se levantaba temprano, sin una secuela por ello. Así y todo, las jornadas no eran largas y quizás se vivían de forma excitante. Los días completos, las conversaciones acabadas, el sabor del pasto y la greda, todo, con su toque singular de este lado del globo.

Hubo un tiempo donde el hospedado se quejaba de la precariedad pero agradecía la humildad. A través de dulces bizcochos, se sentían dueños temporales de una vida que siempre miraban en postales extrañas. Al final de la estancia ellos, hambrientos de paz, regresaban gustosos, casi desligándose de ser tildados forasteros.

Hubo un tiempo donde el colegio era un nido de resfriados. Cuando el invierno lloraba, y uno mojado, empapado de alma natura, estudiar costaba. Los sueños eran grandes, me acuerdo, más grandes que los picos de las montañas o del lago en las afueras de la nada.

Hubo un tiempo donde los recuerdos eran solicitados por mis hijos. A raíz de eso saltamos una vez a una lancha, con salvavidas en el cuerpo. Miraron, sonrieron, fuimos al restorán, para luego regresar prontamente a la otra vereda. Y en sus mentes se coloreaban las historias de un pasar.

Hubo un tiempo donde yo pensaba mucho, fraguando planes para llegar salvo a mi cama. Ahora en ella, y antes de doblegar mi espalda al colchón digo “pero también hubo un tiempo donde ese era mi lugar y a pesar de que soy feliz en la ciudad, no hay nada más placentero que los ojos clavar en la mar.”

La polera.


Dentro de una realidad común, se encontraba una niña vital a la cual no le gustaba limpiar los muebles. Caminaba y se los decía a todos, aunque suponía que solamente lo sabía cada persona que pasaba cerca suyo. No le gustaba, seguramente, porque esos trazados de dejado aseo eran minúsculos a sus ojos y no podía ver a la población de polvo que habitaba sobre las fronteras de la estantería.

Junto a su madre estaba ella un día, en el quehacer del hogar, mientras la mayor analizaba el desgano de la menor al poner en práctica la labor de aseo.

-      Antonia… al menos, imagina la vida que tenía esta polera antes de que se hubiera convertido en un paño.

A lo que la pequeña, con su mejor inventiva, respondió:

-      Mmm sí, tienes razón. Debe haberla disfrutado bien porque ¡mira cómo está ahora!

El hijo.


Mientras los llantos explotaban me tocó resumirte en un nombre, para más tarde dejar mi tintero azul deslizar debutante hacia esos archivos de estela suave. Se observó, hacia los pasillos, un río que golpeaba sonoramente a unas piedras, que solo por su órdago fluido lo situaba frágil. Eran los últimos pasos, tensiones comunes, naturales, pensé. Ante eso, seguimos, sin vacilar nervioso.

Al poco suspirar vi tu cuerpo tierno, pequeño, protegido por un esmalte innato, ínclito. Dilatabas tu ser cuando nuestros pálpitos calaban vehementes. De pronto, ya pude imaginar el reglero donde escribiría a futuro esta singular testimonial.

Garante de esperanza al horizonte, luego te arrimaban hacia la aislación y la seguridad que el cobijo actual brindaba. Ahí descuidé todo y dibujé el tiempo venidero: sudor, esfuerzo, supervivencia a los naufragios, corresponder el calor, escalar lo adverso o pilotear en milicias, en instituciones, en dichos superiores. Pero antes de salir a la recepción, de divulgar tu sonrisa, me calmó el músculo el verte vivir en los brazos de Isabel. 


Incidental.


Correspondería esto al quinto día de junio.

Una desgarrada hoja que solía dormir en su hábitat, se desenganchó del privado cuaderno de notas de Aurora. Esta cayó suave y blanca, una forma muy dispar, tomando en cuenta el fondo de alma juvenil con el cual se afamó entre todas las páginas, haciendo de esta manera su existencia evidente en el suelo del corredor colegial. La única alarmada por el suceso fue Valentina, su compañera de salón, ella fue quién recogió el papel luego de un breve oreo amenazante. Concurrido eso, acabó la escena cuando el timbre descargó un chirrido y las clases reanudaban.

Mientras los minutos parecían estar atorados en las fronteras del reloj Valentina, viendo la distancia con respecto al banco de la profesora como una apremiante franquicia, sació su curiosidad silente para infringir la seguridad del apunte, echándose un clavado hacia su contenido, descubriendo entre imprentas señaléticas, que Aurora había falsificado un permiso de salida anticipado, para luego deslizarse sobre un portón grande, en calle Natalino. Siendo ya testigo de este antecedente, se propuso a elaborar un diagrama corroborando las ligas sospechosas del lugar en cuestión, refutando la teoría de que la niña callada que gozaba tocando la guitarra fuera hacia la dirección de lo apacible.

De acuerdo a sus mentales conclusiones, sostuvo una conversación con el profesor de historia, cuya confianza componía irresistible un erradicado a las barreras asimétricas de los oradores. Acusaba la improvisada detective de que todo era una gazapa y que tal vez caiga, como el pichón libre, en manos que no harán más que aprisionarla. Su pedagogo confidente quiso resolver esto de manera clandestina, imaginándose también lo peor, aunque pensando en lo provechoso y viable que sería atrapar a los malosos en una actitud irrevocable.

Habiendo tildado de incomprensible el destino próximo de Aurora, el compuesto hombre se retiró minutos antes del colegio, con la esperanza de enredarse en los pasos de la pequeña, viéndose primero envuelto en la calle. Transcurrido el recorrido, secciones enteras de pavimentos tensos, se produjo la vista que hace unos instantes se lograba figurar. Todo esto, con ella unos pasos más adelante, como guía visible de objetos dudosos.

En el lugar de encuentro, la reja se abrió, y se dejó deslizar sobre ella una mano dotada en años, hecha mujer. Una cana hembra fraguó un saludo, que fue correspondido de manera simple. La niña entró, dándole un sabor desgraciado al maestro sigiloso, expectante y encubierto. Conforme a la pauta actual, desgastó nuevamente sus zapatos para arrastrarse hacia la ventana y destapar todo el misticismo pronosticado por Valentina, la buena amiga según ella misma.

Nunca terminará de contar esta anécdota el profesor ya que, luego de que su ojo vigía se convirtiera en detector sincero, se le devolvió la sorpresa pero de una forma magna. Aurora solo cooperaba con la pobre rutina de su padre enfermo, postrado en el sillón de la esquina. Le daba la comida en su seca boca, esperaba a que ingiriera el alimento en cuestión. Todo lo que una vez se propuso era pasar algunos minutos, con el señor el cual forjó su vida, mientras su madre le daba la cruel paga del engaño, tal como una vez cantó Aurora al lado de su instrumento.

El infortunio tiene efectos nada moderados, operados en garra dramática, planteando la fragilidad como apunte principal. Al oír el eco de las cuerdas chocando por las paredes de esa, su otra morada, algo se rompió dentro de su guardaespaldas de turno. No soportando más, este corrió hasta la plaza más cercana, donde se encontró con una vieja cicatriz fragmentaria, sintiéndose así, con otra herida incidental, derramando gotas cristalinas por el camino, como para no olvidar.


Novato.


Mostraste tu cuerpo y rostro frente a mí, regalándome, y regalándole al círculo de conversación, una de tus tantas ocurrencias calurosas, las mismas que se hacen por cortesía, para agradar y hacer cuajar las ideas de otras y variadas intromisiones simpáticas. Nada mal, ya que derivó a que se produjera libertad para confiarte una artillería de risas actorales o risueñas. Luego recibimos el llamado de la junta y nos fuimos… animadamente, caminando.

Durante el paseo concluimos dentro de todo, que lo mejor era cruzar la puerta principal, dejando así que no se atochara, en una paralela esquina de nuestro rincón de estudio, la vía de salida usada por emergencia. Recuerdo que nos acercábamos a ella, y pusiste tu mano izquierda en el picaporte. Un muestreo de tus dientes alineados diste, un tanto gastados por el cigarro eso sí. Yo, postergado, simulando homogeneidad al grupo, no reculaba y debía de seguir hasta nuestro lugar, a las entrañas de la sala de recepción.

Vigilaba tu forma de trabajar, la cual me sacaba de quicio. Suponías, a cuánto tiempo ya de ocupar tu silla, que debías de archivar un expediente donde no había formulario alguno, y enviárselo a alguien despedido hacia ya un mes. Pero tu inoperante actuar se contrarrestaba con tu hablar, a estas instancias, gatillado por el divertimento. Sin duda el escudo perfecto, que ocultaba tu ignorancia aunque no tus músculos de superación.

Rojas iras se dibujaron en la frente del jefe, y créeme, si pudiera haber abierto el cielo con sus manos, buscando una explicación contundente, lo habrías visto. Se encontró ahí con que tu maleta repletaba ya tu escritorio recién habilitado, y con esto te encontrabas inserto en el laborioso mundo, su mundo además. Él pensó en ese momento en una objeción olvidada: capacitación.

Transando a lo que comentó el patrón, fue como llegué a conocerte a fondo, haciendo hincapié en tus orígenes, después de que ingresarás a mi despacho. Maquinabas una excavadora antes de presentarte aquí, y una reducción de personal terminó por eyectarte hasta mi oficina. Verdaderamente, eras nuevo en estas lides, y tu famosa habilidad parlanchina aquí, conmigo, no pudo salvaguardarte. Algo que se queda en mi mente en retención: no fuiste de mi agrado. Trataste de buscarme un lado positivo, como si fuera una pila, y te topaste con mi faceta más rigurosa.

Al término de la entrevista, ya cuando todo se me fue develado, nos hicimos presentes en el salón de nuestro superior en funciones, Rigoberto Ariezo. Se agolparon los curiosos (tus amigos). Dependía de mi veredicto tu estadía y tu solidez en tus futuros proyectos. A pesar de todo, abogué por ti, es cierto. Y la oportunidad tuvo tu nombre, nuevamente quizás.

Te prestaste a terminar mi discurso, y no fue tan aislado tu “no se preocupe, señor, la próxima vez lo haré mejor”. Íbamos bien, de hecho, me refugié en la ventana con vista a un edificio en construcción, pero mi oreja desvió su andar y dijiste una de tus muchas humoradas, y ahí mi detector visual pudo evidenciar de que tenías una sonrisa extraña, una triste y caída, bastante traumática. No hallaba explicación a eso, y era tarde para haberlo pauteado como pregunta.

A esas alturas, ya no era una llama ardiente, sino un odio intenso el que sentía por ti. No obstante, había lástima por tu manchada cara. No miento, detesto tus nefastos chistes, rebuscados para no crear tiempo muerto, para poder seguir siendo el intelectual navegante de ideas, pero tus aislados gestos hacen que dude hasta de mis pensamientos inmóviles. Solo recuerda que te tengo vigilado José, ten en cuenta eso, y averiguaré tu verdad, lo juro.

El pianista.


Figuraba como el mejor vidente, muy por sobre las copas alineadas. Era dando al cigarro, pero éste se consumía solo, ya que su boca era revestida por otro aliento. A su lado, se susurraba éxtasis al ver cómo se movía el subsuelo, los ejes motivantes del murmullo ajeno, la distracción local de aquel que recreaba melodiosas estaciones. De lentes errados, peinado formal y extravagante, elegante como su compañero, sabía que todos a él veían, y terminaban sucumbiendo ante la delgada sombra, su sombra de pianista.

Su rutina consistía en estar amarrado al teclado de encajes de blanco y negro vestido, fijando una mirada diametral hacia la dicha íntima del licor de otros, sumado a lo conexo del reflexionar a oscuras con la velocidad tratante. Se rescataba, prontamente, que cada uno de los integrantes de las mesas, estimulados por las reacciones de los no mentolados consejos, encontraban en aquel señorío musical un trozo de delicia en todo lo apartado y actual, mientras expresaban su rechazo al querer aparecerse en las calles con pesares ambulatorios.

Sinfonías de coloquio se situaban desbordantes por los pasillos del bar. En tanto, buscaban los clientes entre sus billeteras la razón de trabajo del letrado hombre. Algunos lo encontraban, otros lo ignoraban de manera monumental. Sin embargo, detalles de lo que había en desproporción, como el estado de ánimo, era nivelado con el sonido que producía el individuo. Era de tal magnitud su magna formulación con el instrumento que lograba erradicar el estertor de los moribundos de alrededor.

Este tipo se guiaba por lo planteado en sus apuntes, en su antojado acorde que lo llevaba a crear situaciones musicales. Solo iba a consolidar lo que una vez sintió cuando se le volcó el oído. Más que una labor que lo tenía viviendo como un miserable, más que mendigar con el talento que le fue concedido, era el desarrollo de la pasión que siempre, desde pequeño, gustó narrar. Aunque eso no quita que hubo, en un incómodo momento, armonía improvisada por alguien fuerte de carácter.

Una vez, cuando muchos miraron a este recinto con ojos bohémicos, el negocio creció y este tuvo su minuto de gloria esplendorosa. Fueron las idas a aquel lugar lo que lo llenaron y le dieron altura al nombre que siempre tuvo presente conseguir, a la hora de haber recibido con simpleza los aplausos hacia sus proezas iniciales, olvidando así de dónde provenía, dejándolo en efecto, quizás por el resto de su vida, nictálope.

Viendo y analizando lo que acontecía, la soledad no era permitida, y contrario a lo que opinaba la gente, aquí si había alegría y placer. Solo pregúntenle al empresario que mira atento a una muchacha, la cual se ríe de su propia desgracia.

Ya la canción había empezado su fin, recreando por completo las historias contadas por lo demás. Pasa que él ahora comienza su historia vacía, ya que los sentimientos se los queda el piano, su colega que, sin querer, funcionaba igual que la caja y el monito bailarín. Toma la paga de esta noche, mira su mundo, y junto a eso, el polvo de las sillas cuando son levantadas a la mesa.  Cierra la puerta por fuera, toma su respiro matutino y camina para seguir componiendo la vida.

Ramírez.

Los pormenores no le fueron detallados, y terminó siendo excluido como el más agrio de los vegetales. Mientras una gorda y prognata  mujer lograba muñir a los oficinistas éste fue castigado, ni más ni menos, con el poder del silencio. Lo intrigante: se trataba de un brindis el cual Ramírez podía recortar y pegar en cualquier parte, ya que él era el que sacaba la foto de ese choque de copas, el que se mantenía al margen del marco y era saludado como el fotógrafo trabajador, mirado por obligación por los otros, como rebuscando en los párpados de aquel apagado hombre el precio del revelado.

Llegó puntual a la reunión. Fue uno de los pocos que se preocupó de entregarle al portero la cartilla que anunciaba su invitación al encuentro. Su reloj aspiró el aroma de su perfume más caro, alguna vez regalado, cosa que nadie sabía ni como graciosa anécdota.

En la empresa, con su caminar tímido y perfilado, alistándose dentro del horario, había comenzado a trabajar temprano. La jornada había sido complicada. Un archivero que insinuaba ser infinito adornó de mala gana su escritorio. Pero la salutación fue muy fría por parte suya. Tenía muy en claro de que no era alguien muy alegre o conversador, aunque eso no justificaba ni pavimentaba ninguna conclusión. Se trataba de una mañana de aquellas, como detallaba el registro de su pensar, nuevamente, sin ser amigo de alguien. Tenía muy en cuenta de que su departamento gozaba de claraboyas, y él eligió el color de las paredes, ningún empleado se jactaba de tanta comodidad y respaldo a su gestión. Su sillón de jefe se justificaba, clásicamente, con los diplomas colgados, atorando el simbólico paso del aire en libertad, ya sea de dinamismo o espontaneidad, propia de un prohombre.

A pesar de todo, su vida no cuajaba con la rutina craneal de un gerente. Ramírez coqueteaba entre la miseria y la oscuridad, abrazando hombros dementes a la llegada a su hogar. Habitaciones grandes, y él tan pequeño.

Y volviendo al brindis, cuya champaña sí era amarga, se le anudó con una perfección poco saludable el triángulo de la corbata, sintiéndose fatigado de pronto. Con la mirada nublada, abandonó el centro, dirigiéndose a su casa.

Al día siguiente, notó que fue la primera vez que llegó tarde. Pasivo, contempló a sus compañeros, esperando saber quién había sido el que derramó algo más que alcohol a su vaso. Y su fragilidad respondía que podía ser cualquiera, sin excepciones. Su seriedad resultaba ser a prueba de bromas y chistes. Se sentó luego en su despacho, y bajo el computador encontró una nota, inexplicablemente ahí, ya que solo él tenía las llaves. Sin titubeos la abrió, desparramando así su contenido. Aparecía en ella, “eres el profesional extraño, de costumbres ensimismadas, con una vida interesante. Te envidio en cierto aspecto, aunque hay un detalle: en mi pequeña carrera aquí, jamás me lo había propuesto, e imitaré a mi admirador. Seremos iguales, ya lo verás”. Salió corriendo, y sin mirarse siquiera al espejo, creyéndose conocer, cayó de asombro al comprobar diferencias: todos estaban laborando, nadie hablaba, y nadie notó que éste había ingresado, tumbando alguna señal de saludo. Huraños, ermitaños, extremadanamente herméticos. Después de esto, recaló al asiento de su oficina, encerrándose, y se puso a pensar, como era de costumbre, ahora con algo más concreto en la cabeza.

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